¿Qué se siente después de recitar en Epidauro?”

Hoy nos atrevemos a publicar una correspondencia privada. Nos atrevemos porque tenemos el permiso tanto del emisor, Miguel Salgado (estudiante y Máster de Honor en la ECH), como del receptor, Alejandro Gándara, director de la Escuela Contemporánea de Humanidades. La compartimos porque nos parece que condensa el espíritu de la Escuela.

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Estimado Alejandro:

Aquí vengo a escribirte esta carta sin tener muy claro si la emoción que me impulsa a redactarla nace de la despedida o del agradecimiento. A cada segundo, noto que ambos sentimientos juegan a robarse protagonismo dentro del cajón de sastre de mi corazón. No son los únicos, también mi orgullo anda a disputarse parte de ese protagonismo, pues de sobra sé que no es frecuente que a un estudiante de La Escuela se le promocione para el Máster de Honor. Como alumno y como amigo me quedo mudo ante tal privilegio. Se me ocurre que, si lo consigo, después del de “Vigilante Jurado”, será el título más valioso que ostente. Pero dejemos los halagos y las bromas para las noches de farra, maestro, y vayamos al fondo de la cuestión; porque, ciertamente, existe una cuestión entre nosotros dos que se quedó sin cerrar, y que ni te acordarás de ella, pero su posible respuesta, por mi parte, aglutine todo mi aprendizaje en este curso, incluido el significado de su título, “Palabra e Imaginación”. Para ello es necesario que nos plantemos en Grecia, no recuerdo cuánto tiempo después de recitar en Epidauro; lo que sí recuerdo fue tu pregunta, muy concreta, que hacía referencia a qué se sentía una vez logrado el objetivo de declamar en un escenario como aquel. Como tantas veces me ha ocurrido, no te contesté en el momento; digo yo que por falta de elementos necesarios para definir mi estado; tampoco me importó, al igual que a ti, que no esperaste respuesta, como si tu intención no fuese verte correspondido en el acto sino activarme la tecla de la atención, al dejar la pregunta colgada del perchero de mi pensamiento a la espera de que una explicación mía se vistiese con ella. Entonces sucedió lo que en otros viajes, una concatenación de mágicos azares alentados por aquel interrogante e hilvanados por mi mente: “¿Qué se siente después de recitar en Epidauro?”

Puestos a hilar fino, ya la cosa tuvo su arranque la primera noche de cena, después de pasar la mañana en Epidauro y también en la ciudad de Agamenón, durante una conversación con Mariví en el restaurante de Savas. Le comentaba a ella que la vida era una metáfora de sí misma. Tú, con la antena puesta y desde la otra punta de la mesa, viendo que la chica no quedaba muy convencida, le requeriste que pusiera interés en lo que yo le estaba a contar. Fíjate que, al día siguiente, serías tú quien insistirías en aquella misma idea, al solicitar a todo el grupo que buscásemos un prodigio durante nuestra visita a Delfos. Y es con esa regla de tres que comenzó la serie de hechos a la que me refiero, maestro, pues metáfora es a prodigio lo que palabra es a imagen.

En el autobús, de camino al comedor, cada cual narró su propia experiencia. Todos habíamos captado tu propuesta y, a excepción de alguno, la mayoría pudimos percibir, sin problema, dicho prodigio, o metáfora, o como mejor se le guste en llamar. En mi caso, hice alusión a la claridad anticipada por la plomiza luz con la que el esmalte gris del cielo se había vertido sobre nuestras cabezas. Finalizada la excursión, tras comentar la mirada del auriga dentro del museo de escultura, aquella metálica nubosidad había dado paso a un esplendoroso día que venía a iluminarnos la mañana y la consciencia. Como observarás, mi vivencia tenía eso de principio de la alquimia en la que el plomo se convierte en oro. Principio que, como siempre adviertes, no debe interpretarse de manera literal sino apreciar en él la metáfora que lo habita. Se podría concluir, entonces, que el firmamento me había puesto al corriente de una iluminación tras aquella plúmbica y peculiar penumbra. Y te aseguro, maestro, que fue cierto, tuve una iluminación; la cual me vino a responder la pregunta que había quedado sin resolver el día anterior, “¿Qué se siente después de recitar en Epidauro?”.

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Sucedió al poco de yo declamar en Delfos aquella poesía dedicada a Charo, mi novia. Nos dirigíamos hacia el museo de escultura para finalizar la visita, oscurecidos por las pinceladas de un cielo que esmaltaba de plata los olivos y los cipreses. Caminábamos en dos grupos: María, Peru, Ángeles y tú de avanzadilla y Lu y yo en la retaguardia. Lo hacíamos despacio, sin las prisas de los turistas, para que al resto del grupo le diese tiempo de alcanzarnos después de examinar el Estadio ubicado en lo alto del lugar y, así, entrar todos juntos al museo. Fue al pasar por delante del Templo de Apolo que, de súbito, percibí una sensación diferente. Se lo comuniqué a Lu, le dije que de repente me sentía de allí, como si siempre hubiese estado allí. Lu, entre curiosa y sorprendida, me preguntó qué quería decir con aquello. Yo le comenté que el oráculo de Delfos me hablaba todos los años y que había ocurrido en ese instante, pero que todavía desconocía su significado. Por eso, en el autobús, me limité a contar lo del fenómeno atmosférico, por carecer de palabras para expresar lo acontecido en su totalidad. Hubieron de pasar varias semanas hasta que di con la explicación. Ese día me tocó exponer en clase la obra de teatro de Anouilh, “Antígona”.

Lo que más me sorprendió de la obra de Anouilh, en comparación con la de Sófocles, fue que, siendo ésta tan diferente de su predecesora, ambas coincidían en los puntos principales, obteniéndose así igual resultado. La observación de este detalle generó en mi cabeza la imagen de que el mito, en este caso el de Antígona, es lo que realmente existe, lo que está ocurriendo continuamente y, nosotros, seres inmersos en el tiempo, nos dedicamos a reproducirlo en forma de drama. Quita o suma personajes, nombres o situaciones, pero el orden de los factores no altera el producto. De este modo, el autor francés nos saca de ser espectadores de la atemporalidad de la tragedia, al eliminar de su obra a dioses y a mitos, y nos planta dentro del tiempo a base de escenas cotidianas, actuales y cercanas, con alguna cita cronológica a la vez que da importancia al diálogo entre personajes secundarios, como son la nodriza, los soldados o el carcelero. Esto es el drama, la reproducción de una tragedia en el tiempo.

En mis días libres, cuando vivía mi padre, solía despertarme a las 6 de la mañana, ir al gimnasio a las 7, practicar musculación hasta las 8 y regresar a casa a levantar a mi padre, lavarle y prepararle para el desayuno. Finalmente lo sentaba en el sofá y volvía al gimnasio a las 9 para entrenar taekwondo. En esta tarea diaria había momentos en que me enfada con él sin que el pobre tuviese culpa. Irritación que me venía causada por la agonía del tiempo, pues, por alguna razón, eran días que andaba más ajustado. Aquellas prisas suscitaban mi cólera y embadurnaban de mal humor mis pensamientos y reproches. De igual manera, cuando practicaba vipassana, vivía una sensación de incomodidad siempre que mi mente comenzaba a ser invadida por la agonía del tiempo, que se expresaba en una serie de ideas que me acechaban desde el pensamiento y que tenían que ver con el deber de realizar tareas en un futuro próximo, hasta conseguir que abandonase la meditación. Sin embargo, gracias a un descubrimiento, aprendí a tener paciencia. Es decir, aprendí a salirme del tiempo y a mantenerme en paz. ¿Qué descubrimiento fue ése? Pues algo tan sencillo y lógico como fijar mi atención en el mecanismo que produce la ilusión de que el tiempo existe. Dicho de otro modo, al definir el tiempo como la distancia que separa “lo que es” de “lo que debería ser”.

“Lo que es” y “lo que debería ser” son dos estados que no coinciden nunca. Es imposible hacerlos casar. Sobre todo porque uno es verdadero, presente, “lo que es”, y el otro es falso, futuro, “lo que debería ser”. Al ser uno verdadero y el otro falso se genera un conflicto irresoluble que da lugar al sufrimiento, y de ahí la mala leche, entre otras emociones. En la tragedia, como bien hemos visto en clase, el conflicto entre la ley natural y la ley civil ocurre dentro del mismo estado, “lo que es”, es decir, el presente, y es por eso que no se produce sufrimiento alguno, todo lo contrario, se genera tranquilidad; pues ambas leyes son verdaderas (presente) y, por lo tanto, no queda más remedio que aceptar su convivencia. En la obra de Anouilh, tanto Antígona como Creón desconocen que son los protagonistas de una tragedia que se lleva repitiendo miles de veces a lo largo de la historia de la humanidad. Pero el hecho de desconocerlo no les permite salirse de ella. Los dos viven un drama hasta que conectan con su propio mito y acaban por aceptar su trágico destino sin ningún sufrimiento… y eso que no habían dejado de discutir acaloradamente. Es decir, se vuelven atemporales, presente, acordes con lo que realmente son. De hecho, al final de la obra, se observa cómo ambos se encuentran fuera del tiempo frente a los demás personajes, que sí lo están (La escena de Antígona diciéndole a su carcelero que va a morir y éste, al no saber qué responder y después de un silencio, retoma su perorata, tan cotidiana y superficial. Creón regresando de su atemporalidad gracias a que su pupilo le pone a la orden del día del programa a cumplir)

En definitiva, maestro, esta reflexión extraída de la obra de Anouilh me vino a proporcionar, en su día, la tan deseada respuesta a tu famosa pregunta: “¿Qué se siente después de recitar en Epidauro?”; a la vez que daba sentido a las enigmáticas palabras que, aquella maravillosa mañana en Delfos, el oráculo puso a merced de mi boca. Si llegué a afirmar que me sentía de allí, “como si siempre hubiese estado allí”, no me cabe otra interpretación que, en ese instante, todo mi ser estaba teniendo una experiencia enteramente atemporal, dentro del presente, del estado de “lo que es”, verdadera, sin conflicto interior de ningún tipo. Hacía unos minutos que había recitado en el teatro de Delfos y el día anterior lo había hecho en el de Epidauro, era evidente que me encontraba en paz conmigo mismo y con lo que me rodeaba, como si me hubiera fundido con la arqueología del paisaje. Así que, puestos a responder, por fin, a tu pregunta, te diré que cuando uno recita en Epidauro, o donde sea, después de tres años intentándolo, uno siente que ha conectado con su propio mito.

Pero es sabido que no hay duda resuelta que no suscite otras dudas por resolver, así que me preguntaba, también, si no sería demasiada casualidad haber contactado con mi propio mito tras plantarme a los medios de un teatro y recitar. ¿Eran necesarias las palabras para agarrar al demonio por los cuernos? ¿De qué otra manera se hubiera producido el exorcismo? Asimismo, en el texto de Anoulih, las palabras se establecen como vehículo para que los protagonistas acaben siendo lo que realmente son; y eso que, durante toda la obra, ambos desconocen el mito que finalmente representarán. Ignorar ese detalle no les librará de su destino. Es por medio del diálogo que Antígona descubre la fuerza que le lleva a insistir en su postura. Creón, al intentar convencerla, destapa su miedo más oculto y ella, al percibirlo, se torna invencible. Como aquella anécdota que conté en clase; la vez que poco antes de llegar a mi trabajo decidí cambiar el rumbo de mi coche y dirigirme hacia la playa. Cuando me encontraba a cien kilómetros de distancia, me llama el inspector y me pregunta que por qué lo había hecho y yo le contesto que porque podía hacerlo. Su reacción fue muy esclarecedora, “Ole tus cojones, Miguel”, me dijo, y sentí que me animaba a seguir con mi atrevimiento. Estaba claro que a él le hubiera gustado, alguna vez en su vida, hacer algo semejante.

Parece ser que en las palabras se expresa el reconocimiento de los demás y, gracias a ese reconocimiento, uno va descubriendo su propia valentía, lo que uno vale. Por eso son necesarios los demás. Por eso Dios creó al hombre.

Con el reconocimiento hay que tener cuidado, pues lo podemos convertir en objetivo. Lo que hay que fomentar entre las personas es el diálogo. El diálogo no es más que seguirle la pista al logos, a la palabra, correr tras ella, deseando atraparla pero sin atraparla, como bucear hacia las profundidades del océano tras la aleta de un pez muy escurridizo. Hay que perderle miedo a ese abismo. Adentrarse en él es ahondar en el ser. Entonces descubres que no hay objetivo, meta, sino, únicamente, una interminable profundidad.

Para que haya diálogo es importante escuchar. Si no hay escucha no hay diálogo, no hay comunicación y, por lo tanto, no hay aprendizaje, no se investiga en uno mismo. Sin embargo, en la actualidad, el modelo de conversación que más abunda es el monólogo; incluso en esos debates televisivos donde, personalidades del periodismo y la política, tratan sobre un tema. El monólogo es la consecuencia de colocar al reconocimiento como objetivo. Vivimos en una torre de Babel porque no hay diálogo, no hay escucha, no hay comunicación, sólo buscamos el aplauso del público, consolidar nuestro ego, la imagen con que nos gusta que nos vean. Nos aterra escuchar más allá de donde nuestra imagen se tambalea, hacernos preguntas serias.

Para escuchar es imprescindible no posicionarse en ningún lugar o, por lo menos, estar dispuesto a ser rebatido, en cualquier momento, de tu posición. Lo aprendí en el curso de “Hebreos” del primer año. Aquel curso fue fascinante, maestro. Descubrí, entre otras muchas cosas, que cuando se comenzaba un curso en La Escuela se comenzaba también un viaje interior, en el cual el viaje final correspondiente a ese curso era la expresión física de dicho viaje interior. Es legítimo, pues, que nos sucedan prodigios en cada lugar que arribamos, e incluso antes, siempre que uno esté atento a tus palabras durante las clases, saber seguirles la pista.

Podría hacer una pequeña descripción del prodigio o la metáfora que representa cada ciudad que he recorrido contigo, que también describiría un lugar dentro de mi alma. Hay mucho de Italo Calvino en esto que te hablo. Israel, por ejemplo, es el origen, el viaje a ninguna parte. Allí aprendí que hay un lugar en la profundidad de mi ser, llamado ninguna parte, donde me posiciono cuando me paro a escuchar tus enseñanzas. De este modo, las palabras penetran sin obstáculos hasta mi corazón a través de los conductos vacíos del cerebro. Por eso los órganos de los sentidos se llaman así, porque atrapan el estímulo y lo conducen hasta el corazón, hasta el sentimiento. Sentir el sentido, que tú siempre dices. Cuando te escucho mi cabeza se convierte en una de esas estructuras tubulares, tan de “Las Ciudades Invisibles”, por donde corre tu voz sin prejuicios ni miedos que la malinterpreten. Entonces se crea el diálogo y surge la meditación. Grecia, por otro lado, es el Hades; adonde tuve que viajar tres veces para vencer al demonio y así contactar con mi propio mito. Es hora, pues, de brindar con unos gintonics en lo alto de Likavitos, mientras nos sentimos elevados sobre los rescoldos de ese infierno llamado Atenas. Berlín es el siglo XX, nunca mejor dicho, la ciudad que no cesa de reescribirse. Una máscara fallida sobre otra, que trata de emborronar la historia de su propio parto, de su verdadero ser. Por último, la expectante Estambul. La ciudad entre dos continentes, donde, a la espera de ser reconocida, se apilan como escombros razas, culturas y religiones. La estampa a la que más recurre mi memoria es la de mi silueta sentada en la azotea del Hotel Dafne, oteando la cuerda floja de un horizonte cargado de barcos a la espera de pasar por el aro del Bósforo hacia el mar Negro. También la colección de colillas perfiladas de carmín en el Museo de la Inocencia… Recuerdo que la última vez que tomé ayahuasca me pasé todo el rato dentro de un huevo a la espera de eclosionar. Recuerdo, también, que el ayahuasca me reveló que ya no necesitaba más experiencias con el brebaje, que me encontraba, desde hacía tiempo, en la senda del conocimiento. Una senda en la que tú, Alejandro, me has puesto.

Por eso te escribo esta carta. No para contarte lo feliz que estoy tras haber pasado por La Escuela, sino para agradecer tu labor, tan necesaria en estos tiempos, y reconocer en ti a un padre, a un guía, a un amigo… en definitiva a un verdadero maestro. Tú me has enseñado a amar, a afrontar el dolor, a pensar con claridad, a observar, a escuchar… Has hecho que me sienta en deuda con la vida. Qué mejor razón para vivir que esa deuda. Nunca antes hubiera pensado que cargar con algo así fuese un regalo tan maravilloso. Por eso, desde aquí, desde los últimos alientos de esta carta, ruego a los dioses para que nuestros caminos se entrelacen por muchos años. Gracias, maestro, de corazón.

1 Respuesta

  1. Mónica

    Emotiva carta de agradecimiento a un maestro, que guardo como un tesoro, para releerla con tiempo, para aprender a escuchar y observar. Y ojalá que para investigar, cuando el día a día me lo permita, los mitos y lugares de los que habla.
    En este tiempo valorar con tanta pasión la labor de un maestro es de agradecer.
    Ojalá que el camino de la vida me haga coincidir con alguno de sus encuentros.

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