Por qué hay que estudiar a los clásicos para enamorarse

Vale. Todos hemos ido a alguna boda por la Iglesia (y de las otras). Vale. Todos hemos escuchado alguna vez la epístola de marras del señor Pablo a los corintios (en la Iglesia y no sólo)… Quién más quien menos ha declarado alguna vez su amor o aspira a hacerlo. ¿Sabemos realmente lo que decimos y para qué lo decimos cuando hablamos de amor?  Analizamos hoy un fragmento de la famosa epístola del Santo. Lo que dice, por qué lo dice y desde quién se dice. Es un caso práctico y sencillo de por qué y para qué estudiamos a los griegos en este Escuela. Por aquello de entender lo que leemos (los alumnos de cursos superiores asegurar comprender hasta la factura de la luz). Al lío.

La carta dice así:

“Podría hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles, comunicarme con el Cielo, pero si no tengo amor no soy nada. Sería como bronce que suena o como címbalo que retiñe.

Podría ser profeta, tener acceso a los conocimientos mejor guardados de la tierra, y poseer la fe que mueve montañas, pero si no tengo amor no soy nada.

Podría repartir todo lo que tengo entre los hombres y abrazar la miseria por su causa, pero si no tengo amor no soy nada.
El amor es paciente. El amor presta servicio. No envidia. No se jacta. No tiene interés. No tiene en cuenta el daño. Lo espera todo. Lo sufre todo.(…)”.

San Pablo. Primera epístola a los corintios 13,1-13

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Es decir, está muy bien tener dones, pero sólo hay uno importante. Pablo lo llama, en el griego de la koyné, agapé. Palabra pesadilla de los traductores. Los padres latinos la tradujeron por caritas, y en español por caridad.

En realidad, agapé es una de las tres clases de amor definidas por el idioma griego clásico. Las otras dos son: filia y eros.

Agapé, es el amor que da en lugar de recibir o más bien que lo pone en primer lugar. Es un amor que no pretende ocupar todo el espacio. Es el amor liberado del ego. Es decir, es el aprendizaje de la humildad en el amor y, desde el punto de vista existencial, es el reconocimiento de que nuestra vida depende de algo o de alguien distinto de nosotros.

No es un amor suave éste, es un amor radical, pues supone la constatación de que hay algo más fuerte que nosotros, a lo que nos entregamos, en lo que nos perdemos, por lo que abandonamos el yo narcisista.

La justificación del amor la halló Aristóteles en cierta disposición de la naturaleza humana a la que llamó filia. Nosotros la hemos traducido, con cierto descaro superficial, por amistad. En realidad, habría que traducirla por inclinación, por tendencia íntima, quizá hasta por intimidad. Habló de ello en su Ética a Nicómaco.

En principio se trata de un sentimiento, de una sensación de ser (aisthesis). Sólo eso: sentirse ser. Y el sentirse ser, dice Aristóteles, es una sensación agradable, la más agradable de todas las sensaciones. Hay una equivalencia entre sentirse ser y sentirse vivir. Sentirse vivir es un estado de plenitud. Ahora bien, para que ese estado se alcance tiene que venir acompañado de otra sensación inherente, de un con-sentimiento, es decir, de sentir con otro. De sentir que otro existe y de que esa otra existencia tiene que ver con el sentimiento de la nuestra. De tal modo, que la plenitud del sentirse ser es sentir a otro dentro de ese sentimiento.
Naturaleza humana, disposición del ser, así estamos hechos. Con otro.

Pero quién es ese otro al que entregamos nuestro ego y con el que trabamos este consentimiento. Pues no puede ser cualquiera ni cualquier cosa. Eso ya lo había explicado a su vez Platón, el maestro de Aristóteles, para quien el amor es una fuerza universal que busca lo que permanece. No la belleza física, ni el poder, ni la inteligencia, sino aquello que no puede cambiar, aquello que es inalterable en el tiempo: la virtud del conocimiento. Con ese otro ser aprendemos, gracias a ese otro ser nos llega el conocimiento y por eso le amamos a él y eso es lo que amamos en él. A esa fuerza que nos empuja hacia lo que permanece, hacia lo que es eterno en nosotros, Platón la llamó Eros.

Parecen tres conceptos distintos del amor, pero en realidad son la idea del amor. Una única idea que se despliega ante nosotros y nos muestra todos sus rostros.

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