Pensamientos de amor y pilas de carga de 9 voltios

El amor, por Cristina Martín, estudiante del Seminario Palabra e imaginación II.

Cuando Ed Mitchel miró la Tierra desde el Apolo 14 notó algo inexplicable: un sentimiento de conexión, como si todos los planetas y todas las personas de todo tiempo y lugar estuvieran involucrados en una red invisible. Aun estando presente en su cuerpo se sintió transportado, como si otro gobernara la nave.

¿Qué experimentó?: que el mundo no es una serie de objetos aislados sino una red de fenómenos interconectados. Dijo que fue una experiencia de Amor, con mayúscula.

El amor es esto, una experiencia de conexión con los otros, para cuya descripción nos faltan palabras. En la ECH rastreamos el amor por senderos inéditos, sorprendentes. Nos centramos, ahora, eso sí, en la conciencia expandida: Las ECM, el pensamiento salvaje, el pensamiento antiguo…

Vemos que el amor nos transforma. Como la experiencia mística, el amor es una experiencia directa, no intelectual, de la realidad. Su presencia es indiscutible. A todos nos resuena dentro, es un interés universal, una fuerza invisible que nos transporta a una conciencia diferente, conciencia expandida lo llamamos, porque desde el amor, todo lo vemos, oímos y sentimos de manera diferente.

Willian Tyler midió la carga eléctrica de los pensamientos, comprobó que, efectivamente, éstos salen del cuerpo físico, se separan de la fuente que los ha generado, y viajan a la velocidad de la luz para llegar a donde tengan que llegar…¡y su realidad física es mensurable! Los pensamientos de amor tienen la misma carga que una pila de 9 voltios. Los pensamientos tienen “sustancia” y se relacionan con el universo que les rodea.

Todo está conectado a todo, interactuamos con una matriz holográfica que abarca la totalidad y que contiene en cada parte la información de lo demás. En ese nivel no hay objetos separados unos de otros: es un extraordinario campo informacional. Sabemos que la materia esta formada de átomos y que estos están formados de partículas que se rigen por leyes cuánticas. Y sin embargo actuamos como si estas fuerzas atractivas y unificadoras fueran ajenas a nosotros, vivimos en la ilusión de no ser parte de este cosmos, pero más allá de nuestra ilusión, nuestro cuerpo- nuestra materia, al cabo- se rige por las leyes cuánticas aunque no lo advirtamos.

Aquello que está entrelazado (los sistemas cuánticos que están entrelazados) se mantienen unidos para siempre, existe una red de significado que lo une todo, una red que crea una tela subyacente a toda la creación.

¿Qué fuerza lo hace posible?, los antiguos lo llamaron Amor. Ficcino se atrevía a decir que era la fuerza que movía el universo. Este campo de energía ha estado ahí desde el comienzo, hay una inteligencia viva que conecta todo sin excepción, cualquier cosa que veamos en nuestro mundo o lo que nos ocurra. Sabemos que estamos conectados a este campo a través de los pensamiento emociones y sentimientos.

Quizá el amor sea un tipo de pensamiento, puede incluso que tenga carga eléctrica, que viaje a la velocidad de la luz, que nosotros con nuestra intención podamos enviarla dónde queramos. Y al llegar al otro crea una entidad que antes no existía, es un yo con el otro, ya no somos una individualidad.

Si este universo procede de verdad de un punto primigenio, todo lo que existe, materia, energía, espacio, tiempo, es en realidad lo mismo; porque en un momento determinado, en un punto de no-tiempo y no-espacio, todo lo que existe estuvo concentrado en una singularidad, que a medida que se ha ido extendiendo, sigue entrelazada: la vida es Unidad.

Los antiguos lo sabían, pero también carecieron de palabras, como nos pasa a nosotros, por eso recurrieron a mitos, o crearon la Filosofía que, a la postre, es amor también. Platón habló de esta red universal en su Timeo: su cosmovisión no difiere de la explicación que hoy nos aporta la ciencia sobre el universo.

Los alquimistas, que aprendieron de los neoplatónicos, dijeron que cualquier punto del universo puede ser el centro de todas la cosas, porque un punto no tiene dimensión, es ajeno al espacio. El universo se esta expandiendo aquí y ahora. Insistieron en que la parte refleja al todo, que todo lo que existe es luz, la información se traduce en energía, todo universo es luz, gracias a ella podemos diferenciar las cosas entre sí, pero es necesario que haya alguien que observe eso. Toda pluralidad es apariencia. Todo viene del uno. El mundo es un juego para mostrar a Dios/Uno, el universo es reflejo del Único. La divinidad se expresa en la creación como el perfume se expresa en la flor.

Viendo la forma, vemos la fuerza generatriz que hay ahí, a partir de ésta el universo se despliega: aparece la geometría del universo. Y donde hay geometría hay simetría. Y ritmo, pues la simetría también se da en el tiempo, toda la naturaleza se somete a ritmos regulares: algo que se coagula, algo que se disuelve.

¿Somos Luz?. Toda esta fuerza, que se expresa en luz y luego en geometría, simetría y ritmo, a la que hemos llamado Divinidad, es la que la ciencia nos explica cuando formula E=MC 2, o sea que energía y materia son equivalentes, que energía y masa son lo mismo.

Sabemos que la energía, tal y como la entendemos es luz, una parte de la radiación electromagnética que existe, luz se llama al espectro visible, pero en realidad es un conjunto infinito de longitudes de onda; por lo tanto somos luz, puesto que somos materia. Y esta materia existe, porque hay un continuo intercambio de energía, entre los electrones que forman los átomos.

Lo ha sabido el ser humano desde el comienzo de los tiempos, al compartir con los otros, al ensimismarse en su mirada a la naturaleza. Nos sentimos bien en ese transcender, recocemos en ello que es nuestra verdadera naturaleza, lo que nos con-forma como humanos.

En todos los niveles de la existencia el intercambio aparece como la fuerza que sostiene la Vida, los átomos no existirían sin el intercambio continuo de energía, y esto lo expresamos nosotros en nuestra relación con el resto de los seres, cuando amamos generamos este intercambio, porque somos luz, y la luz informa. Cuando amamos reforzamos las conexiones invisibles que nos unen a los otros, dejamos de ser uno (aunque nunca lo fuimos), en el amor somos quienes hemos de ser, es nuestra Vocatio, nuestra verdadera naturaleza. Si dejamos de intercambiar nuestro amor, intentamos, vanamente, ser lo que no somos, nos enfermamos, porque literalmente nuestras células se oxidan; vulneramos una ley física y morimos.

Es por lo tanto el amar, y no el ser amado, es el acto dentro de nosotros. Eso es lo que nos transforma. Todo viene del UNO y vuelve al UNO, mas cada cosa tiene su camino, su Vocatio, o su daimon personal, que le empuja a cumplir su historia. La vocación del ser humano es la divinidad, es decir el UNO.

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