Expo Ana Ruiz de la Prada (viernes 22 de mayo)

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Pues sí, la vida a menudo se parece a los mapas y se divide en regiones, cada una con su identidad, claro, pero también colindando, rozando, siendo influida por la contigua, a veces incluso atravesada. Tenemos la región de la fragilidad que hace frontera con la de la flexibilidad, aunque son reinos intransigentemente separados; tenemos la región de la gravedad, en la que todo es macizo, pesado, ceñudo, quizá mortífero; lo curioso es que hace frontera, como no podía ser de otra manera, con la región aérea de la ingravidez y, aunque no lo parezca, tienden a juntarse y a jugar, o por lo menos a repartirse papeles; tenemos la región de la tragedia que, increíblemente, está asociada desde los tiempos más remotos a la de la comedia, pues la risa y el llanto son desbordamientos y ya se sabe con qué facilidad lo uno se convierte en lo otro.

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Y bien, eso es lo que hace Ana Ruiz de la Prada: mapas. Mapas del alma. Y colocando en ellos todas esas regiones tan difusas y tan perfiladas al mismo tiempo, tan idénticas a sí mismas y tan parecidas a cuanto les rodea. Quizá pueda pensarse que el alma no es cartografiable. Pero eso sólo cabe hasta que uno se pone delante de las esculturas de Ana y ve lo frágil al lado de lo flexible en las vidas que se cruzan; o los viajes a ninguna parte que son un bolso pesado con las torpes y demasiado ligeras adherencias de un monedero y un peine; o lo liviano aguantando muros en un grito de resistencia; o ese pobre monigote que intenta, colgando de una aguja, detener el tiempo de un reloj que es una máquina cósmica.

También están en el mapa los infinitos matices del sentimiento, que fundan territorios de los que se ignora si son el mismo o diferentes. Así la soledad, que es una y muchas, ¿quizá la misma en distintos espejos? Hay una soledad que es la de estar físicamente solo, y que es ambigua, propensa a la melancolía, pero también a la creación; hay una soledad de los que quieren estar juntos y con nadie más, esa soledad de dos en compañía que proyecta en el horizonte signos de incertidumbre; y está la soledad de los muchos, la soledad de los que están solos entre los otros, la soledad de nuestras ciudades y de nuestras almas abducidas por la masa. Ana expone ese paisaje en una sola obra, cuyo título esconde su clave: Solo, solos, sôlos.

Por último, ¿cómo juzgar todo esto que tenemos ante la vista? ¿Es una severa disertación sobre la existencia o es una instantánea leve y fugaz de nuestras cómicas contradicciones? ¿Ha de entristecerse uno por su condición o ha de concederle simplemente el valor de la ironía? ¿Dolor o humor? Naturalmente, esto ha de decidirlo el espectador, aunque no le vendría mal una advertencia: hay cosas que separa la razón que no pueden separarse en el alma.

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