Amor III. Virtudes y miserias al descubierto

Hoy Laura Riazuelo, estudiante del seminario Palabra e imaginación II se anima a pensar sobre el amor.

Lo que realmente me maravilla del amor es la vulnerabilidad propia y ajena. Soltamos la armadura en la entrada, cruzamos el umbral sin nada que nos proteja de nosotros mismos ni del otro, y algo, una intuición quizá, nos dice que eso somos. Y confiamos. Confiamos en que el otro no se aprovechará de nuestra confianza. Ni nosotros de la suya. Y observamos y dejamos que nos observen, virtudes y miserias al descubierto. Sin pudor y sin excepción. Y nos rendimos ante el vaciado de nosotros mismos para entregarnos a la contemplación del otro, cesa el interminable ruido interno y externo y se pierde la conciencia espacio temporal. El mundo empieza y termina en el objeto amado. El amor detiene el tiempo y a su vez lo vuelve infinito. El amor tiene su propio tiempo. Y es así como en los momentos de vulnerabilidad es cuando realmente vislumbramos quiénes somos. En vez de respuestas nos surgen preguntas, como en todo camino de conocimiento que se precie. Y nos abandonamos a la ignorancia.

Más que lo que se cuenta, en el amor lo apasionante es lo que no se cuenta, lejos de poder ser definido con palabras ni con cifras, son nuestros sentidos los que lo perciben en su inmensidad y en su misterio. Y es esto lo que lo hace tan poderoso, inasible en tanto que incontrolable, supera incluso al instinto de supervivencia, es quizá lo que nos humaniza, lo que nos une y lo que, a falta de perdón, nos separa. Y es que en el amor sale lo mejor de cada uno de nosotros, y también lo peor, qué esperábamos.

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