Nueve muertes: el reporte del viaje a Israel

MAYO 2010

I. PRIMER ANUNCIO

El avión de El Al se desliza lentamente por la pista del aeropuerto de Barajas. El Maestro y nosotros, los Nueve, lo miramos desde la sala de embarque. La palabra «Israel» es, más que nunca, sinónimo de ansiedad y sorpresa.

«Entonces dices que en la calle hay gente con armas...», dice uno de nosotros.

«Sí», dice el Maestro. «Pasan a tu lado como si nada».

«Y que el ambiente en Jerusalén es muy tenso», apunta otro.

«Claro. Fácilmente podéis acabar en medio de una disputa», dice el Maestro.

«O sea que corremos peligro...», dice otro.

«Peligro corremos siempre, aquí o en cualquier parte», dice el Maestro. «La vida no es lo más importante, como creéis».

Nos quedamos en silencio, imaginando cada uno su propio «Israel».

«¿Entonces a qué vamos a Israel, Maestro?», pregunta otro.

«Vais a morir», dice el Maestro.

 

II. SEGUNDO ANUNCIO

Nuestra entrada a Jerusalén bien podría ser triunfal, digna de un Mesías. Pero no es un domingo del siglo I d.C., sino una noche de miércoles en pleno 2010, y el recibimiento no es con ramas de olivos y laurel sino con banderas del estado de Israel y cánticos y arengas de cientos de personas -la mayoría jóvenes y niños- que marchan orgullosas por las calles de la ciudad antigua. Van casi todos de blanco, al compás de palmas y tambores, atentos a una voz de mando que de cuando en cuando se alza entre la multitud y va impartiendo órdenes en un hebrero rudo.

Alguien nos informa de que se trata del 12 de mayo: la fiesta nacional en la que conmemoran la victoria en la Guerra de los Seis Días contra Siria, Egipto y Jordania, en junio de 1967, cuando Israel recuperó el control total de la ciudad -antes sólo controlaba la Jerusalén Oeste-, haciéndola su capital y acordando el libre tránsito de musulmanes, judíos y cristianos a sus lugares de culto.

De modo que el recibimiento no es para nosotros.

Cuando acaban de pasar, entramos a cenar al único restaurante que encontramos libre. Hablamos del viaje y de nuestras primeras impresiones. El vino abunda en la mesa, llenando una y otra vez nuestras copas.

De pronto, el Maestro nos interrumpe:

«No os alegréis mucho», dice. «Recordad que habéis venido a morir».

Terminada la cena, casi a medianoche, varios de los Nueve decidimos volver al hotel caminando. Avanzamos varias calles y cruzamos un barrio céntrico de edificios modernos, y otros antiguos en restauración. Varios comercios permanecen abiertos y todavía hay gente en las calles, hablando, paseando, libres ya de afanes. Es una noche fresca, tranquila, como de verano. La ciudad empieza a deslumbrarnos, a desplegarse lentamente como una vieja escritura oculta hasta ahora.

 

 

 III. LA CRUZ DE CADA UNO

A primera hora de la mañana, nuestro guía uruguayo-judío va a buscarnos al hotel. Subimos a la furgoneta y vamos hasta la entrada de la ciudad antigua, frente a las inmensas murallas tantas veces derribadas y vueltas a levantar.

Nuestro peregrinaje empieza bajo un sol agobiante, seco. Pasamos los controles de seguridad y subimos al Monte del Templo, la parte más alta de la ciudad vieja, donde están las principales mezquitas musulmanas: la de Umar, cuya forma octogonal y su cúpula dorada nos deslumbran, y que en la tradición judía es el sitio en el que Abraham estuvo a punto de sacrificar a su hijo Isaac; y la de Al-Aqsa, la más grande de Jerusalén, en cuyos alrededores vemos a varios grupos de musulmanes leyendo el Corán bajo la sombra de los árboles.

Cruzamos luego el barrio musulmán, con sus colegios de aulas abiertas y sus jardines interiores. Y, sin darnos cuenta, desembocamos en la Vía Dolorosa, la misma que, según los cristianos, recorrió Jesús en su camino a la cruz.

El Maestro no dice nada, y sigue de largo tras el guía. Los Nueve lo seguimos a él y tampoco decimos nada, soportando el sol del mediodía como un peso plomizo. Como los condenados a muerte que somos -el Maestro lo ha anunciado dos veces-, iniciamos nuestro propio Viacrucis, meditabundos pero tratando al mismo tiempo de fijarnos en cada detalle, en cada cosa que el camino nos va mostrando: las calles angostas, los diálogos en lenguas desconocidas, los mercados apretujados y coloridos, la gente atropellándose, los olores secos y viejos. Estación tras estación, sentimos que algo en nosotros va cambiando y, sobre el final, con la Iglesia del Santo Sepulcro delante -la última estación del Viacrucis y lugar sagrado para los cristianos-, nos asalta un descubrimiento común: el cuerpo nos pesa en exceso, como si fuera el peso de dos cuerpos soportado por uno solo.

El peso que es nuestra cruz. La cruz de cada uno.

Regresamos caminando hasta la furgoneta. La ciudad es, a esa hora, un laberinto tenso y bullicioso, indescifrable de no ser por la ayuda de nuestro guía: volvemos a adentrarnos en el barrio musulmán y, una calle más allá, estamos de pronto en el barrio judío; dos calles más acá, y ahora estamos en el barrio armenio; otro par de esquinas, y hemos llegado al barrio cristiano; un mercado por aquí, y de vuelta otra vez al barrio musulmán, el sitio del que habíamos partido.

Sin embargo, seguimos vivos. ¿No era la muerte el final del Viacrucis?

 

 IV. «PENSAD EN EL PERDÓN»

A la espera de nuestro encuentro con la muerte, en la tarde vamos a Yad Vashem, en las afueras de Jerusalén, donde está el Museo del Holocausto. Por lo poco que sabemos, el museo se creó hace casi diez años para la recuperación de la memoria histórica tras el exterminio judío de la Segunda Guerra Mundial. Según la charla introductoria de nuestro guía, tiene un archivo central, un centro de investigación y documentación, y varios monumentos conmemorativos. Pero a nosotros, a los Nueve, nos interesa sobre todo el Museo Histórico.

El Maestro nos reúne a los Nueve en la entrada:

«Id y miradlo, si podéis», dice con la firmeza de quien ha recorrido muchas veces ese mismo camino. «Pero, sobre todo, pensad en el perdón».

Luego se aleja.

Las palabras del Maestro nos dejan inquietos, y cada uno las asimila como puede. Lentamente y como si entráramos en un espacio al que nunca acabamos de habituarnos, nos adentramos por salas y pasillos sucesivos, medianamente iluminados, abarrotados de fotos, documentos, pinturas, ilustraciones, textos, vídeos, objetos, instrumentos de guerra y otros tantos que van marcando un recorrido minucioso por las distintas etapas del Holocausto. Es la peor cara del exterminio judío, la más brutal, la más horrenda. Pasar de una sala a otra se hace cada vez más difícil, y varios de los Nueve desisten.

Al final, sólo somos cuatro los que contemplamos el paisaje inmenso y verde que se abre nada más salir del edificio. Pero no es precisamente paz lo que sentimos, sino una mezcla de sentimientos difícil de precisar. Volvemos al hotel en silencio.

Luego de un rato, entrada la noche, nos volvemos a ver en la terraza del hotel. El Maestro deja que seamos nosotros los que iniciemos la charla, y cada uno habla sobre su experiencia en el museo: sentimientos, emociones, razones. Aunque aparecen ciertas diferencias, de la conversación brota un núcleo común.

«En verdad os digo», concluye el Maestro, «que realmente habéis pensado en el perdón, y que habéis visto lo que quería que vierais. Sabed, pues, que ahora sí estáis preparados para morir».

El día acaba con una cena en un restaurante armenio de la ciudad antigua, en la que abundan el vino y el whisky y el ron, y en la que además se revelan parábolas e historias ocultas hasta entonces para todos.

 

V. EL DESIERTO

La meseta de Masada fue el último escenario de la Guerra Judeo-Romana, que concluyó en el año 73 d.C. con la rendición definitiva de los judíos al imperio romano, y que tres años antes había empezado con la destrucción de Jerusalén. Es desde entonces que se habla de la diáspora judía.

Para allá nos vamos, en la mañana de nuestro tercer día. Los excesos del vino y el whisky de la noche anterior se desvanecen a medida que la furgoneta se adentra en el desierto de Judea, y es imposible no maravillarse con la inmensidad de las montañas que van apareciendo a nuestro paso, con los pocos beduinos errantes que se dibujan por las colinas sacando sus cabras a pastar, y con el marrón encendido del desierto y el azul intenso del cielo, todo en medio de un silencio tan vivo que casi puede respirarse; un silencio perpetuo, que lo abarca todo, como si viniera de otra parte.

El silencio de Yahvé.

Subimos en el teleférico hasta la parte más alta de Masada y nos internamos por los restos de lo que fue la fortaleza. La base de las construcciones se conserva, y otro tanto ha sido restaurado. Desde allí, mirando al desierto en dirección Este, una imagen nos maravilla todavía más: la del Mar Muerto, un lago inmenso color turquesa que se extiende hacia el sur, a lo largo de la frontera con Jordania.

Volvemos a la furgoneta y nos dirigimos al valle de Qumrán, varios kilómetros más al norte, cerca de Jericó. Según los Evangelios, en una de sus cimas fue tentado Jesús por el demonio. Hacemos una parada para comer. El maestro aprovecha para contarnos que fue allí, en las cuevas de ese valle, donde se encontraron los manuscritos de la Biblia más antiguos de los que se tiene noticia, y que probablemente era el lugar elegido por Jesús para sus meditaciones.

Hoy es un museo, con vídeos e ilustraciones y objetos, que reconstruye lo que fue el proceso de escritura de esos textos. En sus afueras todavía se aprecian las ruinas de los lugares de retiro de los esenios, una de las sectas judías de la época de Jesús.

Descendemos por el valle hasta alcanzar el Mar Muerto. El Maestro y uno de los Nueve deciden quedarse en la orilla; los demás, bañador encima, nos metemos en sus aguas, viscosas y tibias, y nos untamos unos a otros el cuerpo con el barro que sacamos del fondo, que pronto se seca al sol y se convierte en una segunda piel.

 

 VI. LA MUERTE

Esa noche la cena importa poco. Sobre las diez, el Maestro nos guía por la ciudad antigua hasta el Muro de las Lamentaciones.

Nos reunimos en torno al Maestro, que se queda de espaldas al muro con la vista perdida en algún punto, como si recordara algo. Pasan varios minutos, nadie dice nada. Al fin el Maestro dice:

«De niño, cuando me iba de casa, mi padre siempre me decía que no regresara hasta que no sintiera que había valido la pena». Hace una pausa, sin dejar de mirar el punto muerto. «Ahora os digo lo mismo: id al muro, y pedid perdón por vuestras faltas, o bien perdonad a quien todavía no habéis perdonado, pero no regreséis hasta que no sintáis que ha valido la pena».

A cada uno de los Nueve nos entrega un papel con unas palabras en hebreo para leer ante el muro, y nos disponemos para el ritual. A medida que avanzamos, el muro se hace cada vez más inmenso, de las piedras brotan otras piedras, y es como si se multiplicaran hasta el cielo. Cada cual, en su soledad, es sólo eso: un muro y el cielo de una noche. Golpeamos el muro con el puño, una vez, otra, otra más, todas las veces que sea necesario, recordando, murmurando, gritando en voz baja palabras en nuestro idioma individual, extranjero para el resto del mundo salvo para nosotros mismos. Y el muro, como un espejo hablado, nos contesta, nos dice lo que queremos saber.

Para Abraham fue una visión, para Jacob el sueño de una escalera y para Moisés una llama ardiendo; para nosotros, el muro.

Volvemos uno a uno, y nos reunimos en torno al Maestro. Por primera vez en el viaje nos sentimos livianos, casi sin peso.

Hemos muerto.

Un rabino que pasa por allí cruza un par de palabras con el Maestro y luego viene a sentarse entre nosotros, dispuesto a contarnos un relato.

«Hubo un tiempo en que mi vida no funcionaba». Habla un español difícil, pero el tono de su voz hace que centremos de inmediato nuestra atención en el relato. «No me encontraba a mí mismo, y ni siquiera mujer tenía. Sentía que Dios era algo que estaba muy pero muy arriba, y que yo estaba muy pero muy abajo. Entonces un día dije: ‘Si de verdad Dios está allá arriba, quiero recibir una señal'. Pensé en algo que estuviera a mi mano, y se me ocurrió que quizá podría ser un pájaro, uno de los muchos pájaros que vienen al muro todos los días».

Lo escuchamos en silencio.

«Pero pasaban y pasaban los días y no recibía mi pájaro. Había muchos, sí, pero ninguno venía hasta mí. Desilusionado, me desentendí del asunto. Pero una mañana, cuando volvía del muro, me senté aquí mismo a pensar. Y mientras pensaba, sentí de pronto que algo me hacía cosquillas en la planta de los pies. Era un pájaro. Entonces supe que ése era mi pájaro, el pájaro que había venido para mí. Y desde ese momento me hice rabino».

Hace una última pausa, y nos mira emocionado:

«Así que eso es todo lo que os digo: la cuestión está en creer o no creer, y cada cual decide si lo hace o no».

Le agradecemos y lo despedimos entre aplausos.

Salimos del casco antiguo rumbo al hotel. De pronto nos vemos solos, caminando como fantasmas por una ciudad abandonada, silenciosa, sin gente, ni taxis, ni autobuses, ni comercios, una ciudad como en vísperas de una guerra. Hace unas horas ha comenzado el Shabat -día  festivo para los judíos-, y la ciudad sólo volverá a la vida de todos los días cuando las estrellas aparezcan en el cielo de la próxima noche.

 

VII. RESURRECCIÓN

Al día siguiente, el penúltimo de nuestro viaje, vamos al Monte de los Olivos, el sitio donde Jesús fue detenido antes de ser llevado a la cruz.

Al pasar junto al cementerio judío, mientras descendemos por la ladera del monte, el Maestro nos dice que recojamos un poco de tierra en una bolsa. Luego, a la entrada de la ciudad antigua, dice que hagamos lo mismo con la tierra sobre la que están asentadas las murallas de la ciudad.

Los Nueve nos reunimos en torno a él.

«Tomad un poco de esta tierra, la de la muralla, que es la tierra de la vida porque con ella el Dios del relato bíblico hizo al hombre, y veréis que vuestras manos se vuelven de un color marrón», dice el Maestro. «Luego, tomad un poco de la otra tierra, la del cementerio, que es gris porque es la tierra de la muerte, y frotad vuestras manos también con ella. ¿Qué veis?».

Seguimos atentos y en silencio sus indicaciones. Al frotar nuestras manos con la segunda tierra, el color marrón de la primera desaparece y las manos quedan limpias, tersas, como recién lavadas. Nuestras manos como el pájaro del rabino.

El Maestro continúa:

«Es el amor, que está entre la vida y la muerte», dice. «Ahora ya podéis volver de la muerte, pues en verdad no habéis abandonado la vida».

 

VIII. TU NOMBRE

Resucitados, de vuelta a la vida, ahora necesitamos un nuevo nombre para seguir andando, el nombre con el que Jerusalén nos bautizará.

Nos reunimos esa noche en la terraza del hotel. Entre copas de vino y de ron y de whisky, el Maestro se dirige a cada uno de los Nueve:

«Tú serás Jacob», dice llamando al primero, «el más humano».

Aprobamos.

«Tú serás Job», dice al segundo, «el que pide explicación a lo inexplicable».

Aprobamos.

«Tú serás Cohelet, el que acepta, y que no tiene esperanza ni consuelo».

Aprobamos.

«Tú serás José, el más sabio, el que más aprende y sabe perdonar».

Aprobamos.

«Tú serás Jeremías, el que se lamenta por el mundo, y sin embargo ama».

Aprobamos.

Y así con cada uno de los Nueve hasta pasada la medianoche.

 

IX. FIN (O PRINCIPIO)

El grupo está listo para disolverse. Esa misma noche, uno de los Nueve toma un avión rumbo a Shanghái para recorrer el mundo con su nuevo nombre.

El Maestro y los demás -ahora somos los Ocho- nos quedamos en la terraza del hotel hasta muy tarde, bebiendo, compartiendo historias, anécdotas, y haciendo planes para el día siguiente, el último que pasaremos en Jerusalén.

«¡Busquemos un shofár!», propone alguien. «Vamos al mercado y compremos un shofár, el cuerno con el que los judíos anuncian la fiesta. Hay que anunciar la buena nueva de estos días, la buena nueva de todo lo que nos ha pasado».

A todos nos gusta la idea.

 

Por Daniel Cristancho. Mayo 2010.

 

Archivado en: Actividades, Viajes, Israel, Seminario Los Antiguos y Nosotros

ECH 2012 © Calle Nuncio nº 11. 28005 Madrid, España. Tlf: 91 356 97 29

- Aviso legal

Tres Tristes Tigres