Fernando Jiménez

Alicia Diseminada II: a través del espejo.

Esta segunda introspección de Alicia es una analítica de la identidad y de la diferencia, una propuesta iconográfica sobre el mito de la disyunción constitutiva de la persona.

A través del Espejo es la necesaria secuela de las aventuras de Alicia en el mundo subterráneo. Esta segunda introspección de Alicia es una analítica de la identidad y de la diferencia, una propuesta iconográfica sobre el mito de la disyunción constitutiva de la persona. En nuestro tiempo de crisis de los grandes relatos, la doble personalidad de Alicia, su doble máscara, sigue mostrando una geometría invertida del cuerpo a modo de paradoja visual de la identidad "a través de la fotografía", pero también del dibujo, doble o negativo de la pintura. En cualquier caso, resulta sorprendente ver la particular conservación de Alicia como mito infantil y popular de la identidad, asumido por la cultura de masas sin perder un ápice de mordiente crítica: hasta los niños sufren una perturbación notable de sus incipientes esquemas de identificación visual al descubrir las versiones de Alicia en los múltiples espejos de lo social.

En este sentido, llama la atención la vigencia del personaje de Carroll en el mundo de la ilustración, prueba de ello es el trabajo de Fernando Jiménez, que ha realizado una versión en collage de la figura de Alicia en dos momentos histéricos del relato. A partir de la composición de tejidos previamente fotografiados, decodificados en su esencia decorativa, gráfica o textural, superpuestos en la figura caricaturesca de una Alicia nuevamente sintetizada hasta la trama, Jiménez sigue el estilo de las ilustraciones de John Tenniel como sorprendente collage de cartas, espejos y dameros en la grafía de cuerpos a punto de devenir letras. Es un interesante trabajo de retórica formal el hecho de que la figura de Alicia, esa A tan potencialmente abierta a la polisemia como el mismo alfabeto, se descompone como toda realidad en tramas subvertidas en tejidos de elástica anatomía. ¿No es la ilustración literaria la hermenéutica de un despertar de la imagen como letra que sigue la curva de una trama y textura que sigue la narrativa de un medio superficial?

Fernando Jiménez

 


Raúl Ríos ha convertido esta elocuencia bipolar del mito de Alicia en superficies pictóricas elementales entre dos mundos. Una reflexión minimalista sobre el concepto de pasaje místico o llave onírica a otra dimensión. Articulando una serie de pequeño formato como diversas cerraduras de otras tantas aperturas, Ríos crea un sistema abstracto de diferencias sin términos positivos a la manera estructuralista, donde Alicia campea por distintos umbrales de sentido y sensibilidad: umbrales cósmicos, oníricos, cibernéticos, espaciales y materiales donde el conocimiento se refleja como lógica del límite en el ajedrez, el circuito alocado de los chips, el mapa celeste, pero también la cábala, el juego de la Oca y, sin duda, las luces y sombras del campo pictórico. Esta pintura experimental, nacida como el relato de Alicia de ancestrales luchas de caballeros y dragones, ha generado una simetría irreductible entre lo que se gana y lo que se pierde mirando del derecho o del revés de estos cuadros casi cúbicos: icono o color, cielo o tierra, superficie o volumen, orden o caos.

Enar Cruz ha convertido un rostro cercano en una pantomima. Con un lenguaje visual muy próximo al de Cindy Sherman, pero sin recaer en la referencia narcisista al mundo del arte, la similitud de su serie de retratos como las múltiples mascaradas de Alicia hacen de la modelo una especie de actriz autómata de su deseo. Cruz conecta así con una línea fundamental de la historia primitiva de la fotografía, el estudio de caracteres psicológicos para los archivos policiales, que pronto pasaron a los archivos clínicos precisamente para cerrar el mapa psico-fisiológico del alma en el rostro humano. Este rostro no es más que una máscara gótica poseída por el fantasma metamórfico de Alicia tal y como en su día Charcot pretendió hipnotizar a sus vedettes histéricas como "muñecas psicológicas". La fotógrafa toma prestado estos autómatas espirituales en los rasgos distintivos del mito de Alicia, que una vez más pasa por un rayado del tejido en psicodélicas franjas en blanco y negro, radiografías del perverso infantilismo adulto, quizá primitivismo, de la identidad posmoderna.


Enar Cruz
Platón con Laura 1
Platón con Laura 2

 

Carolina Adán también se ha sumergido el espejo para auscultar la intimidad de nuestro mito, muy hondo, incluso en el sanitario que Duchamp convirtió en obra de arte. Preguntándose por las fórmulas sociales de una feminidad heredada y machista, de costumbres femeninas impensadas, Adán parece poner a la mujer ante el espejo, como un antropólogo interroga al buen salvaje. Pero ese reflejo social del desnudo femenino se descorre como el maquillaje, velando y desvelando el primer rasgo sagrado que Baudelaire exigía a la mujer moderna como atavismo primitivo de las diosas: el ritual del adorno. Esta pintura carnosa ante el espejo es un empaste que interroga descarnadamente la mascarada social de lo bello hasta en su soporte, extraña fusión de piel, madera y espejo indistintos, del que podemos ver la superficie sin preparar y los cortes de cinta adhesiva sin retirar. Camino de una introspección pictórica de la mujer en la pintura, al modo de Jenny Saville, Adán mezcla la interrogación por Eva con la sensualidad pigmentaria del maquillaje, la coprofilia del autoerotismo y la narrativa invaginada hacia el género íntimo, una suerte de biopolítica del cuerpo femenino ante el espejo.

Carolina Adán

 

 

Manuel Sanfrutos ha logrado hacer visible el célebre Estadio del Espejo, descrito por Lacan como decisiva constitución de la identidad infantil. Mediante una doble aparición fotográfica de una Alicia positivada desde tan cerca que se podría notar su aliento, ese aura que Benjamin descubrió en los daguerrotipos antiguos, SanFrutos ha querido arañar la implacable transparencia fotográfica con el doble vínculo entre el rostro fotográfico y la mirada ante el espejo. Doble vínculo estructurado por ambas imágenes enfrentadas, una emulsión fotográfica común, y un negativo sensible al infrarrojo; de tal manera que ambas construyen una suerte de instalación irresoluble, allí donde se logran fundir dos texturas y dos alicias en una. Cada vez que se pierde de vista la Alicia real, la fantasmagórica aparece, pues la técnica del infrarrojo consigue un delicadísimo dibujo en punta de plomo como el de los grabados de los maestros antiguos, donde las sombras del negativo vuelven a las líneas del positivo. El propio soporte Dibon de los positivados, acabado en aluminio en bruto semi-especular, parpadea entre el rostro de Alicia y el del espectador.

Manuel Sanfrutos

 

Por último, Carlos Dubán Urbina y Aina Julian Ripoll han realizado una animación sobre el Gato de Cheshire, The Cheshire Cat Investors Group, a partir de esta misma noción de parpadeo. La célebre sonrisa del gato que aparece y desaparece nos alerta de que aquí estamos todos locos, nuevo pasaje hermeneuta entre la cordura y la demencia representado muy sintéticamente entre el parpadeo lunático del sol y la luna como efecto menguante que hace de un repleto planeta luminoso una macabra sonrisa gótica. Sólo una metamorfosis delicada y cadenciosa del círculo blanco en media luna es capaz de mostrar, en un corto recorrido de espacio y tiempo capaz de narrar toda la historia de la sonrisa, esa apertura de la rotunda filosofía por la risa del cínico, esa narratividad siniestra del gato que cuestiona el ser y el no-ser, la transición de la vigilia al sueño, el pasaje de la geometría a la fantasmagoría, del día a la noche, en definitiva, de la cordura a la demencia, al otro lado de la luna...

 

 

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