La ECH en Grecia 2010: "Volvimos menos"

Sabíamos que el viaje a Grecia iba a ser especial, teníamos demasiadas expectativas en eso. Y así empezó: bajamos del avión y entramos a la ciudad de Atenas por el "éxodo". Los carteles del aeropuerto indicaban de esa manera la salida a la ciudad y el inicio de nuestro recorrido: en griego "ex" significa "salir" y "odos" significa "camino". Sin duda, nuestra visita iba a ser especial, empezábamos a salirnos del camino.

Llegamos de noche al hotel, donde imaginábamos ya encontrar los rastros de aquella civilización que tanto habíamos estudiado. Encontramos, en cambio, un barrio con paredes totalmente tapadas de grafitis sin sentido, negocios abandonados, vidrios rotos y un olor que nos daba la bienvenida: era un olor a yogur rancio o a yogur de ajo, ese olor que deberá tener el yogur de ajo cuando exista y cuando, además, haya caducado.

Nos fuimos caminando por las calles que alguien llamó "del tercer mundo" hacia un bar con serpentinas colgadas en las paredes, empezaba nuestra fiesta. Eramos los nueve alumnos del Seminario "Los Antiguos y Nosotros II" de la ECH, y tres de nuestros profesores: Ana, Vanesa, Pilar, Liz, Analía, Antonio, Santiago, Juan, otro Juan, Jorge, Jesús y Alejandro. Empezábamos la fiesta sin saber que, de los doce que llegábamos a Atenas, volveríamos muchos menos.

Dormimos apenas unas horas y nos fuimos a desayunar al último piso del hotel, mirando -los que podían abrir los ojos a esa hora de la mañana y los que pudieron disimular su resaca- mirando el Partenón a lo lejos. Para tenerlo cerca todavía faltaban unos días.

 

Corinto y Micenas

¿Los hombres utilizan a los dioses o viceversa?, nos habíamos preguntado leyendo a Homero. Nos subimos al autobús para conocer, al menos, los escenarios donde ocurrieron esas historias entre hombres y dioses.

Mirando por la ventanilla, adormecidos un poco y ansiosos otro tanto, fuimos escuchando los comentarios de Caroline, la guía que nos acompañaba. Pronto nos olvidaremos su nombre, su rostro griego, su cuerpo tan cuadrado, pero -y eso lo dijo Platón, eso de que la palabra se vive en el cuerpo-, lo que nunca olvidaremos de la guía es esa manera en la que pronunciaba la palabra "Peloponeso". Hacia allí nos dirigíamos.

¿Dónde intervienen los dioses? ¿En qué momento de nuestras vidas los invocamos? Los antiguos griegos lo hacían en el momento en el que sucedían cosas que no se podían explicar. Ahí estábamos: frente al canal del Corinto. A un lado, el mar Egeo. Al otro, el mar Jónico. Hacia delante, la región del Peloponeso. Si mirábamos hacia abajo, las piedras cortadas por el hombre encuadraban un pasillo de mar por el que apenas pasaba un barco. Pudimos entender que, desde el siglo VII AC, Periandro de Corinto quisiera construir ese canal, que hasta Julio César y Nerón lo hubieran intentado, que recién en 1908 se hubiera concluido. Pero había algo que escapaba a nuestra capacidad de raciocinio. ¿Quién, sino un dios, podía explicar el turquesa de esos mares?

Cruzamos el puente por arriba del canal hacia el Peloponeso. Estábamos atravesando la línea turquesa sin retorno, ¿acaso alguien puede volver al mismo lugar (o a ser el mismo) después de haber leído la Ilíada o la Odisea? Menos aún después de avanzar hacia donde esos mismos eventos ocurrieron.

El autobús nos subió lo que pudo y luego seguimos caminando aún más hacia arriba. Atravesamos la Puerta de los Leones y llegamos a la acrópolis de Micenas. Desde esa montaña que nos acercaba al cielo, con el viento en nuestros ojos, vimos los pocos restos de lo que había sido una ciudad, el cementerio y su canal de agua, vimos a lo lejos, -hacia el este-, lo que una vez fue Troya, vimos la Esparta de Menelao al sur, la Itaca de Ulises hacia el oeste, nos sentimos un poco Agamenón, aunque fue difícil creer que un día se quiso ir de ese lugar hacia la guerra.

Emprendimos la bajada. Salvo Juan Roldán, que decidió quedarse ahí mismo, en lo alto, mirando al oeste, forzando sus ojos para que le llegaran hasta Itaca. Pasarán los días, llegarán más turistas a la acrópolis de Micenas y ahí se encontrarán con Juan Roldán, de pie sobre una roca, la mirada en paz, los ojos dirigidos hacia Itaca. Empezábamos a ser menos.

 

Epidauro

Retomamos la autopista por la Argólida. Ibamos a ver el escenario donde nació la tragedia, donde hombres con máscaras de cabras le cantaban al dios del teatro sin saber que estaban constituyendo un género que perduraría más de 2.500 años.

Llegamos al Teatro de Epidauro, que a través de la vista nos encantaba, pero a través de los oídos nos conmocionó. Un teatro para 12.000 espectadores con una magia acústica que no se pudo superar en ningún otro país del mundo ni en ninguna otra época de la historia.

Habíamos ido preparados y cada uno llevó un texto para leer desde el centro de escenario. Oímos poemas de Safo, Dámaso Alonso y Mario Benedetti, fragmentos de La modificación, el juramento de Las canciones de Bilitis, versos de Pessoa en portugués, párrafos de la Apología de Sócrates: lo mismo daba estar en la primera fila que en la última, el sonido era misteriosamente perfecto. Al final de cada lectura, también se oyeron algunos aplausos de turistas extrañados. Lo que nos llevábamos de ahí, sobre todo, lo que al oírnos nos tocó realmente el alma, lo que nos dejó la huella de Epidauro en el cuerpo, fue oír nuestra propia voz al hablar, fue estar en el centro de un teatro descomunal y darnos cuenta que, lo que decíamos, nos lo estábamos diciendo a nosotros.

La última en atreverse fue Liz. Bajó las gradas desde lo alto, llegó al centro, miró hacia arriba y cantó una canción en quechua para los 12.000 espectadores, aunque no estaban todos presentes ese día. Y ahí quedó Liz, cantando, buscando y entregando su voz. Seguimos menos.

Caminamos hasta el autobús por un camino de tierra y plantas raras y ahí mismo perdimos a otro integrante del grupo. Santiago se agachó a recoger una margarita. Y ahí quedó, recogiendo esa flor, después de haber jurado en el teatro que amará a una nueva mujer. Llegará el otoño y luego el invierno y Santiago estará reclinado sobre la tierra, en esa misma posición, eligiendo una y otra vez, esa misma flor.

Por la noche buscamos dónde comer musaka, y queso feta y ensalada griega y después algunos buscaron whisky y ron, sabiendo que al día siguiente no podrían volver a pensar ni un instante en el whisky, ni un instante en el queso ni en el ron.

 

Delfos

Nos despertamos temprano para ir a Delfos. Antes de llegar, todavía en camino, un arcoiris nítido y cercano nos anticipó lo que estábamos por encontrar. Si algo seguro queda entremedio de las tantas preguntas que surgen al querer aprender, si hay algo de lo que se tiene una certeza absoluta, es que si los dioses tuvieron que elegir un lugar para dar su oráculo en la tierra, ese lugar es Delfos.

Entramos primero al museo del lugar para comprender lo que estábamos por ver, para acercarnos a los objetos -pequeños y gigantes tesoros- que una vez estuvieron en la antigua ciudad homenajeando a los hombres y a los dioses: fragmentos de frisos, calderos de bronce, piezas cerámicas, cascos, una esfinge alada.

Vimos un Kouros en piedra, ese hombre joven que es arrastrado por su anhelo de sabiduría, que inicia el camino. Antonio quiso tocarlo para saber si era áspero, y ahí se quedó. Su mano tocando la mano, como si uno fuera continuación del otro, ambos la misma piedra. Antonio contemplaba a ese joven iniciado, paralizado en ese instante de ser joven y estar dejando de serlo, al mismo tiempo. Los demás nos despedimos y nos fuimos a otra sala del museo.

 

Como regalo final del recorrido llegamos a donde está El Auriga, de las pocas esculturas en bronce de aquella época. Es difícil mirarla sin sentir que nos está mirando. De tamaño natural, le falta el carro y los caballos, también se le ha perdido un brazo, pero las faltas no importan en este caso, lo que queda de El Auriga nos hace olvidar de lo que le falta. Me quedo mirándolo, presa de sus ojos. Decido quedarme, reflexionar sobre el equilibrio entre la mirada hacia adentro y la mirada hacia fuera. Oigo alejarse los pasos de los demás. Me preocupo primero (¿quién seguirá escribiendo este relato?, pienso. El relato seguirá de alguna manera.)

Varios alumnos y profesores salieron del museo. Caminaron hacia lo que quedaba del templo de Apolo y quedaron maravillados con los restos que encontraron y -sobre todo- con la prepotencia del paisaje. Ahí mismo, sobre las montañas, con el cielo tan cerca, como si estuvieran de pie sobre los hombros de los hombres de ayer, los alumnos y sus profesores repitieron la ceremonia de Apolo.

-Coger un puñado de tierra del suelo -así dijo el profesor y así hicieron los alumnos. La tierra era gris.

-Poneros las piedras encima de la cabeza, como un viaje al hades. Queda la tierra por encima.

-Estamos bajo la tierra en este momento, es el viaje del Kouros. Pensando en lo que sois, pensando en qué os queréis convertir, os digo lo que seréis: Oulios: sacerdotes de Apolo, el que sana; Iatromantis: el que adivina por la palabra; Phôlarchos: el que guarda la cueva de los sueños y los interpreta; Physiko: el que investiga la causa de todo lo que existe; Hêrôs Ktistês: el héroe que funda el tiempo y las leyes de su tiempo.

-Ahora quitaros las piedras de la cabeza y ya sois hijos de Apolo.

Ahí se quedó Alejandro, encabezando la ceremonia, existiendo en la enseñanza, preguntándose si es posible enseñar. Ahí quedó hablando. Haciendo hijos de Apolo. Con el arcoiris de fondo.

Ahí quedó también Juan Hierro, haciéndose hijo de Apolo, queriendo aprender más, emocionándose al aprender.

Ellos sabían que Sócrates había preguntado si el estudio era un ejercicio para la mente y la gimnasia un ejercicio para el cuerpo. Sócrates explicaba que no, que ambos eran ejercicios para la mente. Los alumnos y profesores que quedaban bajaron hacia el gimnasio y corrieron una carrera en el mismo lugar donde entrenaban los antiguos habitantes de Delfos.

A la vuelta oyeron dentro del autobús la voz de Liz que empezó a cantar: "Soy pan, soy paz, soy más" y los dioses hicieron el coro.

De noche, los integrantes del seminario tuvieron más queso feta, una reserva en un restaurante que no pudieron usar porque era para la semana siguiente y diez kilos de hielo (para el whisky).

 

La Acrópolis

Llegó el día de visitar la Acrópolis de Atenas. Quienes estuvieron ahí admiraron el Partenón como si fuera una postal tantas veces vista que finalmente se hacía realidad, el Erecteión con su tribuna de las Cariátides, el Templo de Atenea Niké. Quienes estuvieron ahí sintieron, como los griegos que algún día caminaron por la Acrópolis sin destruir, que ese era el centro de Grecia, desde donde podía contemplarse todo lo demás. Por momentos también, sintieron que aquel era el centro del mundo.

Entre los turistas que colmaban el lugar, se fue perdiendo Jesús. Se supo luego que fue a dar una vuelta alrededor del Partenón y sigue dando esa vuelta, preguntándose por qué la gente cree que los griegos clásicos son el origen de la civilización actual, explicando a algún turista que eso es una falacia, un eficaz invento reciente.

Los demás bajaron al Agora, un extenso espacio verde donde fue necesario imaginar el movimiento que hubo alguna vez, la actividad comercial, social y política, la verdadera polis griega. Buscaron la prisión de Sócrates y ahí mismo leyeron las palabras de Lamartine sobre él: "Moría sin odio a sus perseguidores, víctima de sus virtudes, ofreciéndose en holocausto a la verdad. Podía defenderse, podía renegar; no quiso; hubiera sido mentir al dios que hablaba en él".

Siguieron andando hasta el cementerio de Keramikos, para leer la "Oración Fúnebre" de Pericles, ese elogio a Atenas proclamado durante la Guerra del Peloponeso: "Tenemos un régimen político que no emula las leyes de otros pueblos, y más que imitadores de los demás, somos un modelo a seguir. (...) En definitiva, si nosotros estamos dispuestos a afrontar los peligros con despreocupación más que con penoso adiestramiento, y con un valor que no procede tanto de las leyes como de la propia naturaleza, obtenemos un resultado favorable: nosotros no nos afligimos antes de tiempo por las penalidades futuras y, llegado el momento, no nos mostramos menos audaces que los que andan continuamente atormentándose; y nuestra ciudad es digna de admiración en estos y en otros aspectos".

Las palabras de antaño tuvieron la voz de los alumnos y profesores que volvían a leerlas sentados sobre las piedras. El viento expandió las palabras por esa llanura baja que parecía contener a todos los muertos de Atenas.

Emprendiendo el regreso, todavía por Keramikos, algo pasó, ya no se recuerda exactamente qué, y Vanesa se rió. Ahí mismo se quedaron Vanesa y su risa, la carcajada resonando entre los turistas y los griegos. A veces la risa será llanto, pero pocos notarán la diferencia.

Después del almuerzo fue el momento de cumplir la primera consigna aceptada en la ceremonia de Apolo: encontrar en algún lugar de Grecia un objeto común que pudieran llevarse y que los representara.

Ana y Pilar encontraron doce pulseras con la letra griega "psi", símbolo de la psique que unía a cada individuo con el grupo. Luego se perdió una pulsera, cuando el negocio ya había cerrado, o mejor dicho, la escondieron. Hubo vueltas para encontrarla, complicidades y una nueva historia en común para ser recordada más adelante.

 

 

 

 

 

 

 

 

Un funicular llevó a todos al punto estratégico desde donde ver el mar, el Partenón y todo Atenas. El sol se fue escondiendo, allá por donde siglos atrás habían llegado los viajeros, los comerciantes o los enemigos de Grecia.

Después de la cena, en un bar del barrio Plaka, con camareros vestidos como Apolo, comenzó la nueva ceremonia: cada integrante del seminario tomaba el nombre de un dios o algún personaje de las tragedias griegas. Por supuesto, votaban todos menos el personaje en cuestión. Así quedó la conformación del nuevo seminario:

-Liz fue "El canto de las sirenas", porque "le gusta vivir en una isla y atraer a los marineros, aunque ella no se va a mover de esa isla". (En segundo puesto quedó la propuesta de "Helena", "porque se va con hombres pero dicen que la han raptado".)

-Vanesa tomó el nombre de "Hera", "la diosa que piensa que controlándolo todo puede mantener su mundo". (Se analizaron pero quedaron descartadas las propuestas de que fuera "Helena", "porque por amor es capaz de desatar una guerra" y "Penélope", "porque tiene cierta tendencia a deshacer todo lo que hace". )

-Pilar tomó el nombre de "Ifigenia", "porque siempre parece que va a ser sacrificada, pero al final aparece como sacerdotisa en un templo".

-Santiago fue nominado como "Casandra", "porque siempre predice el mal de todos los que lo rodean". (Afuera quedaron las candidaturas de "Anito", "porque siempre te acusa de lo único que no has cometido" y "Héctor", "porque siempre se encuentra en una guerra sosteniendo a su familia y no sabe qué hacer allí".)

-Antonio tomó el nombre de "Patroclo", "porque cree que es un guerrero pero en el fondo es que quiere mucho a Aquiles". (Lejos quedaron las candidaturas de "Palinuro", "porque se supone que es el gran piloto y de repente se lo lleva una ola" y "Aristófanes", "por su sentido del humor".)

-Jorge fue "Argos", el perro de Ulises, "que a veces te conoce y reconoce y otra veces ni siquiera te conoce". (En segundo lugar quedó "Homero", "porque siempre va ciego".)

-Juan Roldán fue "Prometeo desatado", "sin explicación por resultar evidente".

-Ana, por mayoría absoluta, fue nombrada "El Coro", todo el coro. (Lejos quedó la propuesta de "Tetis", "porque está encantada con los dioses, siempre y cuando sea fuera de la casa".)

-Analía tomó el nombre de "Circe", "porque envía a los hombres al paraíso o al infierno". (Quedaron descartadas las candidaturas de Caribdis, "porque traga a los marineros pero luego los escupe" y "Agamenón", "porque se excusa diciendo que su athé está siempre fuera".)

-Alejandro fue nominado "Caronte", "porque lleva a las personas de una orilla o otra, y a veces cobra por ello". (En segundo lugar quedó la propuesta de "Cronos", "porque está siempre preocupado por la hora, y cada tanto, se come a sus hijos".)

-Jesús fue "Caballo de Troya", "porque siempre va camuflado y se mete en el mundo de los griegos y te invade". 

-Juan Hierro fue "Egisto", "el traidor que no puede evitarlo". (Lejos quedó la propuesta de que fuera "Príamo", "porque cree que manda pero todo le pasa por encima".)

El festejo de la votación concluyó en otro bar, el de las serpentinas de la primera noche. El canto de Liz reapareció para sumarse a las voces y los instrumentos de una banda del lugar. La música griega, unida a la latinoamericana y la española, tocaron con su vibra a la gente que asistía a un espectáculo improvisado. El viaje empezaba a terminar, la noche era una fiesta, los aplausos sellaron el final. Volvieron todos caminando hacia el hotel, salvo Pilar que se quedó en las calles de Plaka, en esa hora de la noche en la que todavía no importa el día siguiente. Ahí está, disfrutando cada paso de su caminata por la oscuridad.

 

El regreso

Al día siguiente, cada uno eligió un recorrido propio, algunos fueron al mercado, otros a caminar por la ciudad, algunos prefirieron cervezas en un bar, otros seguir durmiendo, otros fueron al Pireo. Dicen que cerca del Pireo decidió quedarse Jorge, nadie sabe exactamente dónde, dicen que él mismo se ocupó de que nadie se diera cuenta.

El autobús llevó a los que quedaban hacia el aeropuerto. Subieron al avión. Ana quedó mirando que subieran todos, como una madre que quería asegurarse que sus hijos volvieran a casa en paz. Ahí está, cuidando a los que suben al avión.

Eramos muchos menos los que volvíamos. Eramos más. Habíamos sentido realmente que lo invisible también existe: el pasado, el futuro, lo que fuimos, los que fueron antes que nosotros, lo que seremos, las emociones. Lo que nosotros fuimos en ese viaje, quedaba en Grecia. Los griegos que sigan siendo "aquellos griegos", aquellos que tenían una doble visión de la vida y el mundo, nos saludarán de vez en cuando por Atenas. 

 

Por Analía Sivak

Fotos: Vanesa de Toledo, Jorge Lago y Jesús de Dios

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