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Escuela Contemporánea de Humanidades

Carta de Navidad

La ECH felicita la Navidad a través de una carta del director académico y profesor, Alejandro Gándara, y te desea un feliz año nuevo (cuando quiera que empiece). Puedes leerla a continuación.

"Carta de Navidad (digamos), aprovechando el solsticio de invierno, el punto más bajo del sol y su inevitable e inminente ascenso, o sea, a ver si sabemos lo que celebramos.

Lancelot está a punto de cruzar al país del que no se regresa y en el que se encuentra retenida Ginebra, a la que no conoce (aspecto que no merma en absoluto su pasión amorosa, más bien le añade fervor). El viaje se vislumbra tan arriesgado como imposible. Y el País de Gorre se presenta como una metonimia del mundo de los muertos.


El soberbio caballero observa un extraño recinto, por el que se interesa. Le acompaña al lugar un monje anciano y le indica que se hallan en el Cementerio Futuro. Escrito en cada lápida consta la identidad de todos los caballeros que van a morir. Se detienen ante una tumba sin nombre en la que una inscripción informa de que el caballero que mueva la losa será su inquilino, y también el que hará regresar a la tierra a los prisioneros de las profundidades. El monje le advierte de que la losa es tan pesada que ni diez forzudos serían capaces de moverla. Pero Lancelot la levanta como si nada, y descubre su tumba a la vez que se revela su destino.
A partir de ese momento se inicia el viaje imposible. El caballero cruza el Puente de la Espada -a punto está de caer al río del olvido- y rescata a Ginebra (que muestra su más femenina indiferencia al héroe salvador).
Contemplación de la muerte e inicio del camino: ése parece ser el mensaje de la funeral visita. ¿Es que Lancelot no se había enfrentado ya antes a la muerte a través de incansables combates y asechanzas? Quizá, no. Ciertamente se había jugado la vida página tras página, pero como se la juega un demente, obsesionado por su empresa, tan falto de estima por sí mismo que ni siquiera se atreve a decir su nombre (que no se pronuncia hasta más allá del verso 3000), con el sentimiento de una humillación tan honda que la muerte sólo puede significar un descanso del piélago de calamidades que le asaltan. En realidad, toda su atención está concentrada en las miserias de la propia existencia, que se le vuelve carga y pesar, y por tanto vacía. Los golpes que asesta a los adversarios espera recibirlos él mismo, con la misma furia y ceguera de sentido. Su vida no vale nada y, en consecuencia, tampoco su pérdida. Así es el héroe.
Pero ahora se le ofrece un horizonte distinto: la amada está casi a la vista y los peligros del trayecto que va a emprender no son como los anteriores. Para llegar al País de Gorre y combatir allí se precisa cierta clase de consciencia: los caballeros mueren, la humanidad muere, hay un mundo de almas prisioneras, y una eternidad que envuelve todo eso en algo superior a la propia mortalidad. Los héroes desesperados y encerrados en su personal angustia ahí no sirven, son seres desarmados… Y des-almados. Sólo el alma entra en el país de las almas, y Lancelot ha de encontrar la suya para hacer el camino. De modo que está obligado a contemplar la muerte -no sólo la suya- y tomar conciencia del sentido que recorre la vida (para poder realizar el recorrido del viaje). Y ha de decir su nombre, esa propiedad precaria, esa señal de lo efímero que termina descansando en las losas mientras el alma se abisma en el Tártaro.
La escena de Lancelot en el Cementerio Futuro se comunica con otra bastante más antigua: la de Ulises, exhortado por la majestuosa Circe a que viaje al Hades para interpelar al adivino Tiresias, si es que quiere regresar a Ítaca.
Llegado al “pueblo de los difuntos”, y siguiendo las instrucciones que Circe le ha dado, el héroe griego cava un hoyo y hace su libación en honor de los muertos con hidromiel, vino y agua. Luego, sacrifica una oveja y un carnero encima del hoyo y deja que escurra la sangre. Enseguida hacen su aparición los muertos innumerables atraídos por la degollina del sacrificio, correlato del dolor y los males que en vida padecieron los que ya son sólo sombras angustiadas. Y Ulises encuentra a Tiresias, pero lo cierto es que el antiguo hermafrodita no dispone de ningún mapa y la información que suministra es más bien de tipo precautorio: lo que debe hacer y no hacer en caso de toparse con esto y aquello. Por lo demás, y en resumen, “buscas la dulce vuelta, preclaro Ulises, y un dios te la hará difícil”.
Exceptuando este oráculo, poco más se saca en limpio de la entrevista con Tiresias. De hecho, todos los compañeros de Ulises morirán en el viaje de regreso y él mismo se salvará por los pelos, incluso ya arribado a Ítaca.
¿Para qué viajó realmente Ulises al mundo de los muertos? Desde luego, para cumplir con el mandato de la diosa que lo había acogido (lecho incluido) tras dramáticas peripecias que lo dejaron más desorientado de lo que estaba. Ese camino de desesperación, como el de Lancelot, no conducía a parte alguna. Sin duda, ambos héroes habían demostrado su pericia y su eficiencia –uno con las armas y el otro con la inteligencia-, pero esos recursos para encontrar o emprender el camino que buscaban ya no eran bastantes. Esas habilidades estaban demasiado apegadas a este mundo, eran demasiado humanas como para enfrentarse al misterio que encerraba el trayecto hacia su destino: el verdadero amor, la patria añorada. Tanto Ginebra como Ítaca están situadas en otro plano. Ginebra habita un mundo regido por leyes cuya finalidad es oscura, metafísica; Ítaca es un fantasma melancólico en la mente del guerrero que la abandonó al menos veinte años atrás: ¿adónde cree que va a volver? Ni la belicosa destreza de uno, ni los ardides del otro conservan su utilidad para afrontar la paradoja que les reserva el ultramundo o el mundo cambiante de la temporalidad de las cosas. Por tanto, han de transformarse y esa transformación asume en los dos casos la forma de una consciencia de algo mortal, representado por ese viaje al más allá. Y de nuevo, no se refiere tanto al trance propio en su recortada individualidad como de la constatación de una fuerza universal que abraza lo existente y a la que no se puede retar. Así, los dos grandes retadores que han sorteado cuantos obstáculos han salido a su paso ceden y aceptan que hay un reñidor que les supera. Sólo mediante esta rendición, aportada por una visión inapelable, las fuerzas que estaban a punto de extinguirse se renuevan y la desesperación que consumía ya a los héroes se muda en esperanza. Pero ahora son otros, porque su guerra ya no es de este mundo y porque ellos ya no pueden volver a ser los mismos.
Ciertamente, los que eran han muerto en el camino y gracias a que han muerto alcanzarán su objetivo, sin desolación, pero también sin gloria. El relato de Lancelot como el de Ulises culmina sin apoteosis. La narración de Homero termina con una advertencia de Atenea para que Ulises pare en el combate. Así de tenue. Lancelot se limita a desatar las cintas del yelmo de Meleagante y a cortarle la cabeza, dejando el júbilo a los otros y para sí un corazón melancólicamente sosegado. Qué diferente del éxtasis y de la fama que buscaban al partir.
Con un viaje al Hades nació también la filosofía occidental, ésa que cuanto más ha presumido después de claridad y de certeza, más enredada se ha vuelto (y más inane). A finales del siglo VI antes de nuestra era, un griego de Elea cuenta en un poema que dos deidades femeninas lo han trasportado en un carro a los infiernos, reino del Hades y del Tártaro, lugar que incluso los dioses temen visitar, y que allí ha encontrado a la diosa sin nombre que le muestra la Realidad. La Realidad habita en la Morada de la Noche, de la que salen los caminos de la Oscuridad y del Día. Más tarde, la diosa le dice: “Ahora voy a engañarte”, y le enseña la realidad en la que él cree vivir.
El poema es difícil, no evita la contradicción ni la aporía y parece reproducir un universo atravesado por la oscuridad, bajo cuyo mandato las cosas se elevan a la existencia. El texto rechaza, como no podía ser de otra manera, cualquier luz analítica, cualquier interpretación literal o lógica. Si algo llega a saberse en concreto es que la luz nace de la oscuridad, y que la oscuridad resulta obligatoria. De hecho, esas inciertas deidades han venido a buscar al kouros, al joven iniciado, al mundo de la luz para llevarlo al de la noche, donde reside la sabiduría, donde no hay engaño. Y donde, por supuesto, reina la muerte.
Ya regresado a su país de la superficie, vemos a este hombre convertido en sacerdote de Apolo Oulios: oulios, el destructor, el cruel, pero también el que sana, el curador. En otras palabras: un destructor que sana, un sanador que destruye. Quizá un reflejo de la propia experiencia del viajero, que para convertirse en lo que es ha tenido que destruirse, morir, y luego renacer. Muerto y renacido consciente y voluntariamente, el joven ha vuelto sabio y esa sabiduría es intensamente eficaz, porque sana.
¿Y de qué cura esa sabiduría que ha obtenido? De todo: de los males del alma y del cuerpo. No, no es sólo un sacerdote de almas, alguien que usa las palabras o los ritos para calmar el espíritu, para apaciguar el dolor de la conciencia. Es alguien que también cura el cuerpo, suponiendo que alma y cuerpo sean tan distintos como nosotros suponemos ahora, en esta edad clínica y anatómica.
Y así nos encontramos con que el nuevo hombre, el sacerdote, es physikos, alguien que se ocupa de los principios de la existencia y procura la salud yendo más lejos de lo que alcanzan los meros sentidos; es phôlarchos, el que cuida de la guarida en la que se refugian los sueños, los sueños que resuelven los conflictos, que redimen de la pena; es iatromantis, pues cura mediante la profecía, adivinando el presente, siempre más retorcido que el futuro; es un poeta y su oimê (esa palabra que es canto y camino) es sensible, embargador, deshace los nudos del pensamiento; y es un hêrôs ktistês, un héroe fundador, el que funda el tiempo y las leyes que rigen a pesar del tiempo.
Platón y Sócrates se erigieron en discípulos suyos, aunque no llegaron a conocerle. Pero los encontramos conversando con él en el diálogo llamado “Parménides”, tratando de desbancar al legítimo heredero del eleata, el paradójico Zenón. Puede que la filosofía platónica tratase únicamente de atraer al maestro a una mayor claridad, pero es indudable que después de ella se redujo a Parménides a lo que no era, pues su palabra sensible y su amor a la sabiduría se arrojaron a unos tiempos míticos, mágicos y primitivos, separados por un telón de acero de la mentalidad cuantitativa y de la razón demostrativa que a continuación tiranizaron la mente hasta nuestros días, luminosamente impotentes (y con frecuencia perversos) para las cosas de esta vida.
¿Qué les pasó a todos ellos -Lancelot, Ulises, Parménides- en ese viaje al inframundo? No podemos saberlo a ciencia cierta, y acaso ni haga falta. Da la impresión de que vieron lo que antes no veían, velado probablemente por una alta consideración de lo que eran o de lo que pretendían. Sabemos, en cambio, que murieron de alguna manera y que se revistieron de un ser distinto para volver a la vida. Tal vez, se les hizo presente sencillamente algo que habían olvidado y que ese algo los atravesó para siempre, conduciéndoles adonde querían y no podían llegar. Ante la visión de la precariedad mortal, parece que se volvieron fuertes, sólidos, seguros. No es una paradoja: sólo los falsos consuelos, la confianza desmedida en las propias fuerzas y en que controlamos nuestro mundo nos vuelven frágiles. Todos ellos se creían, desde luego, cimas de la potencia y del valor humanos (sólo Parménides, al entregarse a los designios de las deidades y subir al carro voluntariamente parece saber que algo le falta; quizá los otros lo sabían también, aunque más secretamente).
Puede que se vieran a sí mismos en el futuro y que ese futuro encarnara en el presente obligándoles a distinguir entre el camino verdadero y los falsos caminos, entre el valor que ellos concedían a las cosas y el que en realidad tenían. Nada especialmente dramático, nada especialmente digno de mención, y acaso por eso no lo mencionen.
¿Es que hay algo que mencionar? El niño muere para convertirse en joven y el joven para convertirse en adulto, el adulto en anciano. Una separación, un abandono, un fallecimiento, un cambio de rumbo laboral, un traslado a otro país con otra lengua y costumbres, un error o un cálculo mal hecho nos hacen desembocar en alguna especie de muerte, y en ello revivimos o desaparecemos. La biografía de cualquiera está llena de defunciones y no son precisamente pequeñas. Muchas veces, las personas eligen el aniquilamiento definitivo, la fuga de este mundo antes que aguantar esos sucedáneos de mortalidad que resultan más insoportables que largarse al otro mundo. La vida puede dar más miedo que su cese.
Quizá estos héroes se limitaron a recordar algo que olvidaron (siendo el olvido otra de las muertes verdaderas). Aprender es recordar, escribió Platón. Suena como un acertijo, pero es posible que sea literal.
Adquirieron consciencia…, tal vez no hubo nada más. Tomar conciencia de algo pertenece al género de ampliación de la experiencia, empuja los límites personales un poco más allá (o un mucho, dependiendo del objeto). Hay una metamorfosis que adopta la intensidad y el tamaño de la cosa sobre la que recae la nueva atención. Una metamorfosis y una puesta en marcha.
Nos echamos a andar. Y lo hacemos en la dirección de lo que nos ha alterado y modificado. Aunque la experiencia en concreto sea grandiosa, magnífica, al final no hay epifanía, bendición, ni trofeo..., sólo se trataba de dirección. Posiblemente, todo el asunto no pase de lanzar una mirada oblicua, trasera, distraída, a cosas que en ese momento no comprendemos, a la vez que descubrimos que no hay necesidad alguna de comprender: el esfuerzo ha consistido en algo tan sencillo como no apartar los ojos.
A Lancelot, a Ulises, a Parménides la experiencia quizá no los sacudió tanto como estamos dispuestos a imaginar y puede que todo tuviera que ver con un simple giro de cabeza. Entonces se abrió ante ellos un camino que desconocían –no especialmente luminoso ni cargado de resolución- y que con su conciencia y fuerzas anteriores no hubieran podido emprender. Ni llegar hasta el final. Aunque llegar, de pronto, ya no era importante.
En realidad, cuando alcanzaron las metas con las que habían soñado parecieron desinteresarse, y lanzar, en cambio, una mirada hacia atrás, hacia el camino recorrido, llena de agradecimiento y de una extraña ternura por sí mismos. Uno se echó a vagar apaciblemente en busca de otros reinos, otro se quedó en casa, y el tercero se puso a guardar los sueños dolientes de la gente. En eso paró todo."

Alejandro Gándara

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