La tierra del Libro (Foto: Alejandro Gándara)

La ECH en Jerusalem


Sentir el sentido. Ese era el objetivo de los dieciocho alumnos del curso 'Sentidos del mundo, imágenes de la conciencia' en su viaje a Israel y Palestina. Un periplo por tierras del Jordán dirigido por el escritor Alejandro Gándara que tuvo su epicentro en Jerusalén, la ciudad fuera del tiempo. 


Tras medio año leyendo la Biblia en clave literaria, este era el segundo paso para estos estudiantes que, en palabras del propio Gándara en su blog El Escorpión, se resumiría en"se estudia y se viaja; si quieres entender, tendrás que sentir".

Y así fue. Tras un aterrizaje complicado en el que cayó un rayo sobre el fuselaje del avión en pleno vuelo y un alumno fue retenido por el Mossad en el aeropuerto porque su nombre coincidía con un delincuente buscado internacionalmente, la expedición llegó completa a su primera parada, la Explanada de las Mezquitas, mientras arreciaba la segunda nevada del año (los oriundos aseguran que sólo nieva una vez al año en la capital de Israel). 

Diecisiete veces destruida, dieciocho construida, Jerusalén dejó en la percepción de los recién llegados una tensión difícil de definir, como una neblina a la altura de la frente que no acaba de explotar en tormenta violenta ni termina de desaparecer. 

Una tirantez donde se mezcla lo religioso (las tres principales fes monoteístas se subdividen en decenas de credos en apenas unos cientos de metros cuadrados) y lo político (el cotidiano conflicto entre israelíes y palestinos), mientras los turistas pasean por aquí y por allá, sacando instantáneas de indumentarias tradicionales, rincones imposibles y símbolos sacros.

Con todo, Jerusalén es tierra de todos y, por lo mismo, es tierra de nadie. Una ciudad que se quedó detenida en algún siglo anterior, o mejor, se quedó detenida fuera del tiempo.

El Domo de la Roca como punto dorado de referencia de toda la ciudad, la Mezquita de Al-Aqsa desde la que Mahoma subió a los cielos, los ortodoxos judíos rezando a golpes de cuerpo en el Muro de las Lamentaciones, el ‘status quo' acordado por los custodios del Santo Sepulcro, el Monte de los Olivos frente a las puertas cerradas del Mesías, la apelación continua a las emociones del Museo del Holocausto, las piscinas probáticas dejando patente en altura el paso del tiempo, la humilde elegancia de la Iglesia de Santa María, la Vía Dolorosa llena de nazarenos con la cruz (con ruedines) al hombro... Sentimiento y sentido.

Los alumnos también pudieron conocer ciudades palestinas como Jericó (un oasis en mitad del desierto de Judea que exporta los dátiles más dulces de Medio Oriente) y Belén, donde unos chavales de apenas doce años habían cortado con un container la arteria principal de entrada a la ciudad (justo después de pasar el muro gris de división) y esperaban con piedras al autobús.

Y luego el contraste, el desierto de Judea con el Mar Muerto ocupando todo el horizonte hasta las montañas de Jordania. Árido, rudo, sin concesiones al humano. Incluso Qumrán y la ladera de la montaña, llena de grutas como cicatrices de viruela, donde en 1947 fueron encontrados los Manuscritos del Mar Muerto (los textos más antiguos de que se dispone en hebreo del Antiguo Testamento) por un pastor bedui¬no que perseguía una cabra. 

Ante ese paisaje parecía responderse la persistente intuición de que el Dios del Génesis 'sólo podía ser así'.

Otro de los lugares emblemáticos que los estudiantes visitaron fue Masada, una fortaleza construida por Herodes sobre una meseta a 440 metros sobre el Mar Muerto (50 sobre el nivel del mar), que le serviría como último resquicio si su pueblo se rebelaba contra él, pero que no llegó a habitar. 

Los que sí lo hicieron fueron cerca de 900 judíos, que huían de los romanos en el año 73 d.c (tres años después de la destrucción de Jerusalén a cargo de Tito) liderados por el zelote Elazar ben Yair y que, tras tres años sitiados en lo alto de Masada, prefirieron suicidarse antes que rendirse a los soldados romanos. 

Todo ello sería narrado por el historiador judío (y uno de los jefes de la rebelión contra Roma) Flavio Josefo y confirmado en 1963 por el arqueólogo Yigael Yadin gracias a unas excavaciones para las que contó con la colaboración de más de cinco mil voluntarios internacionales. 

Este altiplano sobre el desierto es hoy el lugar elegido por el gobierno israelí para el juramento de lealtad de su ejército, bajo el conocido lema: "Masada no volverá a caer".

En definitiva, un viaje repleto de datos y vivencias que necesitará un tiempo de sedimentación y en el que, como ya se apuntó, no sólo se vio con los ojos.

BLOG El Escorpión sobre el viaje a Israel:


REPORTAJE
 (Alejandro Gándara. Revista 'La Modificación'):

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