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Daniel Cristancho - La vida después de la ECH

Mi nombre es Daniel Cristancho. Nací en Bogotá, Colombia, en 1983, y vine hace tres años a Madrid porque quería escribir una novela corta que hablara sobre el perdón.

Desde los 11 años, cuando mi papá me puso un libro entre las manos, había querido escribir mis propias historias. O al menos, intentarlo. Gané algunos concursos en Colombia. Y entonces apareció la ECH. Me motivaron la trayectoria de sus profesores y los nombres de los programas y materias que, de entrada, parecían una rara mezcla entre escritura, física, filosofía, historia y hasta psicología. Vamos, lo más parecido a un taller de alquimistas.

Recuerdo que leíamos mucho, discutíamos mucho y compartíamos mucho. Las clases eran, sobre todo, prácticas. La idea era desglosar los textos y tratar de ver qué temas vertebrales los sustentaban, qué recursos empleaban, qué cosa nueva nos contaban. Nos apoyábamos, además, en referentes de cine, pintura, arquitectura, música y hasta en un taller de los sentidos con el que, personalmente, pude potenciar mi sensibilidad y mi manera de relacionarme con el mundo. Cada maestro aportaba su visión.

De entre todos se destacaban los métodos de Alejandro Gándara, que era un especialista en destruir todo lo que escribíamos. Con él siempre había que partir de cero, y eso nos obligaba a buscar nuevos recursos y vías para expresar lo que nos queríamos. Era irónico, descarnado, y uno nunca se aburría en sus clases. Al final, con la vista fija en el camino recorrido, te dabas cuenta de lo que mucho que habías aprendido a su lado.

Nueve meses fueron suficientes para que la idea que hasta entonces tenía de la escritura se viniera al suelo. Ahora sabía que no era un simple ejercicio de dominio de unas cuantas técnicas, sino que iba más allá: todo nacía, antes que nada, de la necesidad de decir algo importante y novedoso. La técnica era lo de menos.

Pero la experiencia en la ECH también incluía un viaje interior. Antes que escritor, novelista, ensayista o poeta, había un trabajo individual que era necesario llevar a cabo. Y los métodos de enseñanza de la escuela, más satisfactorios que los de un psiquiatra, me ayudaron mucho. Ese año fue también una oportunidad para el autoconocimiento y la reflexión.

Una imagen que podría resumir mi paso por la ECH es la de Ícaro y Dédalo. En el mito, padre e hijo intentan escapar de la isla de Creta tras la prohibición impuesta por el rey Minos. Para ello, unen plumas de aves y las pegan con cera, una a una, hasta formar un par de alas que les permitan volar. Del mismo modo, la ECH me ayudó a encontrar las plumas necesarias para darle formas a mis propias alas. Y una vez hecho esto, tratar de volar.

Otras historias en "La vida después de la ECH"

 

 

 

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