Un diálogo para contar el viaje a Grecia 2011

Metamorfosis. O de las transformaciones del alma en cuatro días.

I

En la octava hora del banquete, sentados frente al edificio del Museo del Antiguo Ágora, el maestro Alejandro terminó el discurso que en ese momento pronunciaba y, con un ademán pausado, me pidió que me acercara.

-Tú, Fedro -dijo apartándome del grupo-, el que lleva el discurso bajo el brazo. Has de recordar que al principio he repartido entre vosotros las tareas que debíais realizar, y que de acuerdo a eso la tuya consiste en escribir la crónica de este viaje.

-Lo recuerdo perfectamente, Alejandro, pues gustoso acepté de ti la labor de convertirme en interlocutor de mis colegas para aquellos menesteres.

-Me alegra que así sea, amigo, y que tu mirada haya estado atenta a todo cuanto nos ha sucedido en estos cuatro días. Y en ese caso, me parece oportuno que ahora, en esta última noche que pasaremos bajo cielo ateniense, no renuncie yo al deseo de interrogarte sobre un asunto que me produce sana curiosidad.

-Pregúntame lo que quieras.

Alejandro hizo una pausa y recorrió con su mirada toda la mesa, las viandas aún frescas y las copas de vino llenas. Cuatro colegas habían ido a buscar unos cisnes de plata que luego todos llevaríamos en una pulsera, y los otros siete hablaban y bebían animadamente, y hasta se deleitaban con la lectura de fragmentos de los textos clásicos.

-Sé sincero y dime, Fedro -habló al fin Alejandro-: si tuvieras que elegir un momento de este viaje, ¿con cuál te quedarías?

-No es una pregunta fácil.

-Pues anda, haz un esfuerzo y trata de decírmelo.

-No lo tengo muy claro. Creo que me pasa lo mismo que con el poema de Parménides: no lo puedo poner en palabras. Es más, sólo se me ocurre una palabra.

-Vaya, qué explícito eres. ¿Cuál palabra?

-Metamorfosis.

-Eso me gusta más, pero aún no responde mi pregunta.

Los últimos rayos del sol caían rojizos sobre el Museo del Antiguo Ágora.

-Pues sólo se me ocurre una manera de resolverlo -dije tras una pausa-. Déjame que haga, si no te parece inoportuno, un recuento de lo que ha sido nuestro paso por la Hélade, de modo que podamos acercarnos a eso que he llamado metamorfosis.

-Si crees que vale la pena, ponlo fuera.

-Prometo ser breve y no recurrir esta vez a ningún discurso escrito. Además, a través de mi palabra no sólo reconocerás la parte de conocimiento que a mí me corresponde, la cual es precaria, sino también la de mis colegas, pues intensas experiencias daimónicas hemos vivido juntos desde que tomamos el avión en Madrid, y es mi deber, como cronista, hacer que lleguen hasta ti por la mejor vía posible; es decir, por la vía de la verdad.

Alejandro echó un vistazo rápido a su reloj de pulso.

-Adelante, querido Fedro, pues calculo que otro buen rato estaremos aquí esperando a que tus colegas traigan los cisnes de plata y yo les dé mi aprobación. Y ruega para así sea, pues de lo contrario perderéis el derecho a ser hijos de Apolo.

-Que así sea, por los dioses.

 

II

 -Te propongo una imagen para empezar -dije.

-¿Cuál?

-La del canal de Corinto, que fue uno de los primeros sitios que visitamos: el azul turquesa del agua, la roca escindida, aquel barco desplazándose lentamente, el cielo azul, las islas del Peloponeso a lo lejos... Coincidirás conmigo en que es una imagen bella.

-Es realmente bella.

-Pues nuestro paso por la Hélade comenzó así, como ese barco que se iba desplazando lentamente entre el golfo de Corinto y el mar Egeo, por aquel camino estrecho y nada cómodo, pero a la vez disfrutando de su tránsito mientras alcanzaba el punto de salida. La diferencia es que el barco sabía adónde iba; nosotros, en cambio, no lo teníamos muy claro.

-Vaya, sospecho que una Musa te ha visitado.

-Fue sólo el preámbulo de la metamorfosis, pues nos esperaba el teatro de Epidauro en la antigua Argólida. Y ahí sí, por Asclepio, que empezaron a pasarnos cosas.

-¿A qué te refieres?

-Al momento en que cada uno de nosotros se paró en la loza central de la escena, con las gradas mudas y abiertas como un abanico de roca desplegado hacia lo alto. Recordarás que fuimos pasando uno a uno, pacientemente, y que recitamos un texto libremente elegido. Vistos desde lejos, parecíamos pronunciando un discurso. Sin embargo, fue mucho más que eso. Nuestra voz se oía extraña, rota, como si viniera de otro sitio. Era casi imposible reconocerla. Lo cual no tenía sentido, pues es de suponer que no hay nada más familiar que tu propia voz. Pero no fue así, y al oírnos de ese modo, en aquel espejo hablado que era tan maravilloso como desconcertante, algo en nosotros cambió, viró, dejó de ser lo que era.

-Es el autoconocimiento, Fedro.

-Y fue tan placentero, tan liberador, que a varios de nosotros nos costó asimilarlo y esa tarde regresamos algo frágiles, ensimismados. Necesitábamos algo que nos devolviera las fuerzas, algo que nos llevara de nuevo a lo más alto...

-Y ahí fue cuando se me ocurrió llevaros al monte Likavitos.

-Claro. Fue como una especie de equilibrio: después de la caída en la tierra batida del teatro, estuvimos un buen rato contemplando Atenas desde aquel monte, uno de los siete que se alzan sobre la ciudad.

-Qué distinto se veía todo desde allí, Fedro, bajo esa luz dorada del final de la tarde. Te confieso que yo, incluso, vi claramente la antigua Atenas durante un segundo.

-Nosotros también la vimos.

-Y oí nítidamente el furor de la batalla de Salamina.

-Es así como dices.

-Y qué bello estaba el Egeo. Me sentí como en el centro del mundo.

-Completamente de acuerdo, Alejandro. Pero no te olvides de que el centro del mundo lo descubrimos al otro día, cuando fuimos a Delfos.

Alejandro bebió un sorbo largo de vino y me miró sonriendo.

-Tienes razón -dijo-. Aún no conocíais el verdadero centro del mundo.

 

III

-También el primer día, cuando subimos a la acrópolis de Micenas, tuvimos la sensación de estar en un lugar distinto -dije.

-Así es, Fedro. En su momento, también fue el centro del mundo.

-«La rica en oro», según dice la Historia.

-El lugar del que partió Agamenón a la guerra contra Troya.

-Pero, aun así, coincidirás conmigo en que Delfos tenía algo especial.

-Desde luego.

-Nada más llegar, te impresiona. Es un sitio que te pone en contacto con otra cosa, con algo que te sobrepasa. Estando allí, sientes lo invisible; lo palpas con la mano. Es algo en el aire, en el paisaje, en los templos... Basta con que mires a lo más alto del Parnaso o del Cirfis para darte cuenta de que allí está Zeus, el que amontona las nubes.

-No te olvides de Apolo.

-No, no me olvido. Cómo olvidarme si fue en su templo, en el centro mismo del oráculo, donde tú nos convertiste en hijos suyos.

-No podía ser en otro sito.

-Ni en otro momento. Necesitábamos un rito para nuestra metamorfosis.

-Pero no vayas tan deprisa. ¿Acaso no recuerdas los otros pasos?

-Claro, por los dioses que los recuerdo. Primero estuvimos compitiendo en el gimnasio, en la parte baja de la colina, con tal entusiasmo y energía que hasta tropezones hubo. Gracias a tu experiencia como corredor de media distancia, nos sacaste una cierta ventaja que al final se hizo notoria. Llegaste el primero, y fuiste merecedor de la corona de olivo que nosotros mismos te impusimos. De ahí, más que satisfechos, fuimos a purificarnos a la fuente de Castalia, y sin más preámbulos subimos al templo de Apolo.

-Veo que lo relatas con asombrosa exactitud.

-Y nosotros, dispuestos en una figura semejante a una U, abrimos un hueco en la tierra mientras tú pronunciabas el discurso de iniciación: «Yo, Alejandro, físico, filósofo...», decías en voz alta, «os convierto en hijos de Apolo...». Luego, cual agua de una pila bautismal, cogimos un puñado de la arena excavada del suelo y nos la pusimos en la cabeza. Y una vez terminada la ceremonia, nos abrazamos para celebrarlo.

-¡Eráis hijos de Apolo!

-Y teníamos el don de la sanación, como quien vuelve del Hades.

Hubo un largo silencio que Alejandro empleó para mirarme fijamente. Me miraba, sí, pero al mismo tiempo era como si viera a través de mí.

-Es curioso, Fedro -dijo al rato-. Cuando acabasteis el rito, me pareció ver en vuestros rostros el mismo gesto que tiene El Auriga. ¿Lo recuerdas?

-Claro. Fue lo más impresionante del Museo Antropológico de Delfos.

-Teníais aquel gesto fracturado, aquellos ojos huidizos y al mismo tiempo vivaces del que ha salido victorioso y, en ese preciso instante, se convierte en otro.

-El Auriga es la imagen misma de la metamorfosis.

-¿Tan significativo os resultó el ascenso a Delfos?

-Por Zeus que sí. Recuerda que hubo llanto entre varios de mis colegas.

Alejandro asintió en silencio.

-Por lo que dices y la manera en que lo dices -agregó tras una pausa-, me parece que acabas de dar respuesta a la pregunta que te hice al principio.

-No -lo previne de inmediato-. No te apresures, que aún quiero hablarte de la sorpresa que nos esperaba en el Partenón y del descenso a la Necrópolis.

 

IV

Había oscurecido. Nuestras copas de vino se vaciaban y volvían a llenarse. Alejandro y yo seguíamos en aquel extremo de la mesa. A nuestro lado estaba la Esfinge, Telémaco y Orfeo. Más allá, en la otra punta, Penélope, Hera, el Cíclope y Tetis intercambiaban relatos y sus risas se mezclaban con la lluvia, que había empezado a caer de pronto.

Alejandro bebió más vino y retomó el hilo del diálogo.

-Cuando hablas de sorpresa -dijo-, ¿te refieres lo que se veía desde la Acrópolis?

-No exactamente. Aunque debo reconocer que fue maravilloso, estando allí, ver el mismo paisaje que contemplaron los atenienses durante siglos.

-¡Cuántas naves enemigas no avistaron desde allí!

-Por supuesto -dije-. Pero, más que a eso, me refería a la boda de mis colegas Héctor y Tetis. Fue una verdadera sorpresa.

-Cumplieron con la voluntad de Artemisa.

-Habíamos ascendido hasta lo más alto después de ver el Teatro de Dionisio, el Erecteion y los otros templos. Y entonces se pusieron delante del Partenón; se dijeron aquellas palabras que, más que palabras, parecían un dulce canto; se tomaron de la mano y, tras un par de giros en cada sentido, dos a la derecha, dos a la izquierda, Héctor le ató por la cintura un cordel que Tetis recibió dispuesta. Luego, se besaron.

-Para ellos la metamorfosis tuvo un valor agregado.

-Su historia no volverá a ser la misma.

-Brindemos por ellos, Fedro, pues ahora son inmortales.

Alejandro alzó su copa y propuso un brindis que toda la mesa celebró de inmediato. Luego, vuelto cada uno a sus cosas, aproveché para proseguir con el relato.

-Tan emocionante -dije-, como cuando recuerdas a alguien que, muerto hace mucho, tiene la inmensa virtud de seguir existiendo para bien.

-¿A quién te refieres?

-A Sócrates. Y a nuestro paseo por el ágora.

-No podíamos irnos de Atenas sin recordarlo. Imagínate, Fedro, qué errados estaríamos si en todo esto olvidáramos mencionar al hombre que dijo: «Conócete a ti mismo».

-Es verdad lo que dices.

-Yo lo sentí. Cuando estábamos leyendo aquellos fragmentos junto a su tumba, sentí que estaba entre nosotros y que participaba como uno más del grupo.

-Nosotros también. Era como un viento.

Hubo una pausa corta.

-¿Y a Pericles? -le pregunté-. ¿También lo sentiste entre nosotros?

-También.

-Nosotros no sólo lo sentimos -dije-. Lo vimos personificado.

-Me parece, Fedro, que el vino te hace perder la razón.

-No, Alejandro, hablo sin apartarme de la verdad. Cuando estábamos allí, en medio de las lozas de la Necrópolis, y emocionados te escuchábamos pronunciar la Oración Fúnebre, fue como si Pericles viviera en ti y nos recordara que, más que el entrenamiento, el valor verdadero reside en el Ser Natural. Es decir, en lo que somos por sí mismos.

-Excelente oratoria. ¿Pero qué tiene que ver esto con tu metamorfosis?

-Pues que, antes que nada, todo consiste en recordar.

-Apuesto a que piensas en Ulises.

-Sí. Y que la verdadera metamorfosis, es la que ya está en cada cual.

Alejandro vació su copa de un trago.

-Celebro tu argumento -dijo-. Ya estaba pensando que te habías ido a las estrellas.

-¡Eso no! ¡Por los dioses!

-Después de todo, sois menos mortales de lo que parece.

-Como ves, ­nada tenía que ver el vino con esto.

Tomó la jarra y llenó nuestras copas una vez más. Brindamos.

 

-Por cierto -agregó luego, como si hubiera olvidado algo importante-, en todo tu relato no has hecho mención alguna a nuestras correrías nocturnas por Monastiraki, o por el barrio de la Plaka, o por los garitos que están junto a la Acrópolis...

-Eso lo doy por supuesto, pues bien sabe Dionisio todas las libaciones que en su honor hemos hecho durante nuestro paso por la Hélade.

 

V

-Y así es, querido Alejandro, como llegamos finalmente a este banquete -continué-, al banquete en que nos has bautizado con los nombres que ahora llevamos, y que, según estimo, pronto cumplirá su décima hora.

-El conocimiento no precisa de horarios.

Miró enseguida su reloj de pulso.

-Ojalá, Fedro -continuó-, que Zeus se haya apiadado de tus colegas y, con su ayuda, finalmente hayan encontrado los cisnes de plata. De lo contrario, todo lo hecho hasta ahora no pasará de ser un buen recuerdo.

Y nada más decir esto, como si de un llamado se tratara, arribaron al banquete Héctor, Aquiles, Circe y el Número Cero. Sus ropas estaban empapadas por la lluvia. Celebraban eufóricos el hallazgo de los cisnes. Pero Alejandro, cauto, exigió verlos antes para darles su aprobación. Héctor los puso sobre la mesa, y Alejandro cogió uno al azar y lo examinó minuciosamente, haciéndolo girar en la punta de sus dedos. Se hizo un silencio largo. Su rostro seguía serio, duro como una roca.

Al final, dejando el cisne sobre la mesa, exclamó:

-¡Gloria a Zeus y a Apolo! ¡Es realmente un cisne de plata!

 

Por Daniel Cristancho, 2011

 

 

 

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